Capítulo 2 | El misterio del asesino

Entonces alguien dirá que está perdido
nadie lo va a poder salvar
a pesar de mi rabia
me siento como una rata en una jaula

SMASHING PUMPKINS, Bullet with butterfly wings

Elizabeth había estado ausente lo suficiente para interesarse en lo que su hija había hecho en su primer día en el nuevo colegio. Renau se había limitado a evitar a todo mundo y ni siquiera llegó a dormir a la casa los últimos días.

El jueves, Lilith soñó con remolinos oscuros y charcos de sangre, pero ya no le tomó importancia. Recordó las palabras de Edgar, gritándole. “¡Y yo soy un puto elfo!” le había dicho. Tal vez tenía razón al reaccionar así. Habían pasado por lo menos quinientos años desde que la gente creía a ciegas que los vampiros existían.

 Se levantó más temprano para poder desayunar en la cocina de la casa, ya que no quería vivir lo que el día pasado: comer a mitad de la cafetería con un montón de curiosos observando.

Bien fuera por simple apariencia o porque realmente se sentía más cómoda con el cambio, Lilith había cortado el día pasado unos jeans viejos hasta hacerlos pesqueros, y había intercambiado a Edgar una de sus camisas de leyendas obscenas, aunque fue realmente difícil tratar con él. Al final, Edgar le cedió algunas de sus camisas con una sola condición: que le dejara gastarle bromas.

No quería saber qué tipo de bromas iría a maquinar el muchacho, pero Lilith estaba satisfecha con su logro.

Se concentró en su presente, en la habitación aún oscura; Lilith se limitó a encender la luz eléctrica y acudió a su tocador para mirarse en el espejo. No le gustaba la manera en que su cabello contrastaba con las ropas que había comenzado a usar.

Haciendo una prueba, enrolló su cabello en lo alto de su cabeza y se colocó de inmediato la gorra negra, haciéndola ver de lejos como un verdadero chico. Dándole el visto bueno, Lilith salió de su habitación rumbo a la cocina de la casa, en donde desayunaría cualquier cosa que hubiera preparado Viviana.

Viviana trabajaba desde hacía apenas cuatro meses ahí. Las sirvientas terminaban renunciando la mayoría de las veces, o incluso siendo despedidas por Elizabeth a los pocos días de haber sido contratadas. Ninguna había aguantado más de una semana con un puesto como el de la mucama, siempre bajo las estrictas órdenes de Dorotea y con Renau tratando de meterla a su cama en todo momento. Viviana llegó de la nada. Le dijo a Elizabeth que si era preciso satisfacer a Renau lo haría, con tal de tener el trabajo; aunque la sirvienta fue muy astuta. Hasta el momento, era la única mujer capaz de intimidar a Renau lo suficiente como para que el muchacho la evitara a toda costa. ¿Qué había hecho una jovencita de apenas veintidós años para mantener a raya a Renau cuando ella andaba cerca? Incluso Dorotea quería saberlo, pero eso era secreto de Viviana.

La muchacha era esbelta y bronceada, esto debido a que había vivido la mayor parte de su vida en alguna playa sudamericana. Allá había conseguido hacerse unas rastas impresionantes en el cabello, y tenía la oreja izquierda llena de aretes. Pareciera como si aquella sirvienta fuera el peor de los ejemplos para Lilith, porque fumaba marihuana cada que su trabajo se lo permitía (que era casi siempre) y se perforaba y tatuaba cuando se le daba la gana. Hasta ese momento, Lilith le conocía treinta y seis tatuajes, la mayoría en la espalda. No obstante, cuando la muchacha cumplió un mes de trabajo en el lugar, Elizabeth le ordenó de la manera más estricta a Dorotea que no echaran a Viviana, no importaba el ejemplo que daba a Lilith.

A pesar de lo grosera y rebajada que podía ser cuando estaba enojada, Viviana era de las pocas personas a las que Lilith apreciaba porque no había necesidad de poner una barrera, porque no se mostraba hostil cuando ella estaba cerca.

Por el contrario, con su familia, Lilith se seguiría preguntando hasta el cansancio si su misma existencia era el motivo por el que la odiaban tanto.

Los pensamientos de la chica fueron interrumpidos cuando atravesaba el pasillo que llevaba a la cocina, porque Viviana comenzó a hacer exclamaciones con ímpetu.

—¿Pero a ti qué te pasa, imbécil? ¡Quítate de encima, mierda! —gritaba, en tanto forcejeaba con alguien.

Lilith se molestó de inmediato. ¿Qué hacía Renau (porque no podía ser nadie más) sorprendiendo por la espalda a Viviana para poder hacer con ella lo que no había podido hacer en los últimos cuatro meses? Se apuró a llegar a la cocina, en donde pudo ver perfectamente la escena antes de que continuara desarrollándose ante sus ojos, que no eran precisamente voluntarios de ver aquello.

Era Edgar quien, encima de la muchacha, detenía con una poderosa mano las de ella para que no se moviera, y con la otra metida debajo de la blusa, buscaba los pechos de Viviana mientras ella pataleaba con violencia, segura de que podía quitárselo de encima. Acto seguido, sin que ninguno de los dos hubiera advertido la presencia de Lilith, Edgar besó a Viviana, con una amplia sonrisa dibujándosele en el rostro al encontrar por fin lo que buscaba con su mano libre.

En ese momento parecía como si Viviana ya hubiera conseguido librar sus manos y estuviera a punto de quitárselo de encima, pero a Lilith no le importó. Molesta, se adelantó a patear con fuerza a Edgar, y cuando éste estaba tirado en el suelo de la cocina, aturdido, sin saber muy bien lo que había pasado, Lilith le piso la cara con furia y se dirigió a la mesa, en donde estaba su desayuno ya servido.

Molesta, le enseñó el dedo corazón al muchacho antes de gritar:

—¡Eres una mierda! —Y entonces tomó su desayuno para salir pisando fuerte de la cocina, refunfuñando por lo bajo.

Viviana se incorporó como si no hubiera pasado nada fuera de lo normal, dirigió a Edgar una mirada despectiva y se burló de él.

—Sinceramente, Edgar, no sé si quien se molestó más fui yo, o la señorita que acaba de patearte el culo con los trucos que tú mismo le enseñaste —y a continuación, retomó su trabajo como si Edgar no siguiera tirado en el suelo y tan confuso por los actos de Lilith.

Lilith no consiguió librarse de lo que había visto ni aunque tuviera problemas más apremiantes en el colegio. Simplemente no podía seguir el ritmo tedioso de las clases. A mitad de Matemáticas, Lilith se reclinaba en su silla y jugaba con su pañuelo negro. Aún tenía que llevarlo puesto durante otros treinta días. La profesora, pendiente de todos los alumnos, explicaba una clase introductoria al Teorema de Pitágoras.

—Esto será incluido en el primer examen del ciclo escolar, así que más vale que lo aprendan a la perfección —decía la mujer entre explicaciones.

Lilith ignoraba la forma en que las personas se desenvolvían en una escuela, así que no entendía porque los alumnos tenían toda su atención concentrada en la profesora, que no hacía más que explicar de una u otra manera exactamente lo mismo para que lograran captar la idea. No sabía que era una costumbre implícita el poner atención los primeros días, sobre todo en Matemáticas, ya que conforme pasaba el tiempo la mayoría de los alumnos se aburrían y comenzaban a hacer sus desbarajustes y a ignorar a quienes estaban al frente.

Así pues, al igual que Lilith no entendía por qué todos estaban tan concentrados, la profesora no cabía en sí de impresión al ver al final de la clase a la única alumna que ni siquiera volteaba al frente para disimular su aburrimiento.

La chica estaba tan abstraída que no se dio cuenta de que la profesora había avanzado hasta su lugar, y justo cuando Lilith dejaba de jugar con su silla y hacía que las patas delanteras aterrizaran en el suelo, la mano extendida de la profesora golpeó con fuerza su libreta, la cual estaba en blanco, sin una sola anotación. El bolígrafo de la chica cayó al suelo, haciendo que todos los alumnos voltearan hacia ella.

Lilith miró primero la madura mano en su escritorio y luego volteó hacia arriba para mostrarle una cara de confusión a la maestra. Definitivamente, no entendía por qué la profesora había hecho algo como eso. La mujer en cambio, al ver la cara de Lilith, se enfureció.

—¿Quisiera explicarme, señorita Báthory, la razón por la que no tiene una sola nota de las clases que ha tomado? —preguntó con voz estremecida, como si trata de contener las ganas de gritarle.

Sabía que la mujer se estaba comportando justo como Elizabeth antes de estallar y golpearla, así que trato de responder lo más favorable posible para que la profesora no explotara de la misma manera:

—La verdad es que no me apetece explicar, maestra —respondió, segura de que, si respondía esa pregunta así, la maestra comprendería. Pero esta, exasperada, inhaló con fuerza y crispó la cara en una expresión de enojo. ¿Qué no había sido ella quien había dicho al principio de su pregunta “quisiera explicarme” con palabras muy remarcadas? Lilith comprendió de inmediato que nunca iba a poder cumplir con las expectativas de cualquier adulto que formulara sus preguntas de la manera incorrecta. Actuó de inmediato para que las cosas no se agravaran—: Oiga, no necesito hacer ninguna clase de nota. No las necesito, ¿sí? Es un fastidio tener que hacer cosas innecesarias…

—¡Así que la señorita puede aprender cualquier cosa con solo escucharla, ¿no?! ¡Entonces, ¿cómo piensa aprender si ni siquiera está prestando atención a la clase?!

—¡¿Podría dejar de gritarme?! ¡No estoy sorda y puedo entenderla perfectamente, así que baje su tono dos rayas, que es mi dinero el que paga su sueldo! —gritó Lilith a las prisas, incorporándose con molestia. Los alumnos comenzaron a murmurar divertidos al ver la expresión de furia en la cara de la profesora. Pero Lilith, que solo veía a una réplica exacta de su madre, trató de expresarse antes de cualquier represalia contra sus actos—: ¡No entiendo la estructura de su maldito plan de enseñanza, pero ya sé lo que estaba explicando y estoy segura de que todo lo que explique en adelante lo sé mucho mejor de lo que llegaron a aprenderlo sus alumnos anteriores!

Entonces una algarabía recorrió el salón, tal como cuando Lilith obligó a Eva a enseñar la ropa interior. Esta permanecía sentada unos asientos más adelante, con una cara de diversión, segura de que la chica se había fusilado a sí misma esta vez.

Ahora era cuando venía la bofetada. Pero nunca llegó. En lugar de eso, la profesora la tomó con fuerza por el brazo y comenzó a obligarla a caminar por entre los bancos.

—¡Irá con el director y hablará con él ahora mismo! —la amenazó.

La chica se sintió más inocente que en toda su vida. Y también muy afortunada de poder hacer una broma en esas circunstancias.

—¿A hablar con él? ¡Pero si ya hemos hablado! ¡Él mismo me dijo que si tenía cualquier cosa qué decirle acerca de los alumnos o de cómo trabajaban los profesores, que fuera de inmediato a contárselo! —exclamó Lilith, logrando el efecto deseado en la profesora. Esta abrió los ojos de par en par y soltó de inmediato a la chica, como si se hubiese quemado.

—Oh, no tenía la menor idea… —murmuró, contrariada. Lilith saboreó su segunda victoria en Hunyad. Después de humillar a Eva Masson, no había mejor remate que hacer al profesorado arrodillarse ante ella—. Si usted ha venido hasta aquí con ese cargo… No se preocupe señorita Báthory, puede sentarse, pero… ¿No tendrá ningún inconveniente en que avise a mis compañeros, verdad? —susurraba la mujer, de pronto tratando a Lilith como una especie de autoridad. Mentalmente, la chica se revolcó riendo a mandíbula batiente.

—Mantengámoslo en secreto del director Camet, ¿está bien? Si él llegase a preguntarme algo yo no dudaré en hablar sobre cada uno de mis profesores —condicionó Lilith, mientras se giraba y dirigía una sonrisa malévola a los alumnos. Parecían estupefactos por la manera en que la había insultado y conseguido que comenzara a actuar con un respeto reverencial casi en el acto.

De una u otra manera, tanto los alumnos como los profesores estaban enterados al final de la mañana de la impactante noticia de que Lilith era una especie de mensajera del director, y que en cualquier caso el hombre se pondría de su lado cuando se tratase de ella. Y Lilith sabía que había logrado sin proponérselo hacer de los profesores sus esclavos, cuando a la siguiente hora, el profesor de historia erró al dar una fecha porque estaba demasiado nervioso por la presencia de la chica, como si esta fuera una examinadora de su clase.

—Eso sucedió en 1485 —le interrumpió, algo que Dorotea le había advertido que no hiciera. Ni sus compañeros ni el profesor se habían percatado del error—. ¿Podría leer el libro de texto cuando tenga tiempo? El mismo libro aclara que el castillo comenzó su restauración en 1446, no en 1456.

La chica no supo si fue más el miedo del profesor de que su enseñanza fuera puesta en tela de juicio frente al director o si los compañeros habían descubierto, por fin, que la presencia de Lilith Báthory en Hunyad sería una constante amenaza.

Satisfecha de haber logrado que sus compañeros la odiaran y que sus profesores la adoraran a la fuerza, Lilith regresaba a casa con una sonrisa cargada de cinismo. Algo en ella estaba cambiando, y ella se daba cuenta de qué era: había descubierto que hacer cosas de ese tipo le provocaba un placer enorme; no exactamente a ella, sino a su verdadero yo, ese que reprimía constantemente porque temía parecerse a sus parientes. Ella, que hasta ese momento había sido obediente y abnegada para que su madre no la golpeara, había descubierto cómo hacer lo que se le viniera en gana sin que su madre estuviera siempre detrás de ella para ver qué era lo que hacía.

Dorotea se daba cuenta de que Lilith había vuelto a cometer un acto reprobatorio, pero como no quisiera forzar una discusión cuando ni siquiera podía encararla, dejó pasar los deseos que tenía de preguntarle cómo había ido su segundo día en Hunyad.

No obstante, Lilith recordó de pronto la manera en que Isaac se burlaba de ella cada vez que actuaba con superioridad y cinismo; él la trataba siempre con ternura, pero cuando Lilith le mostraba su verdadero yo, él no podía más que reírse abiertamente, como si se le estuviese presentando un pequeño animalito que trataba a toda costa ser rudo y terminaba siendo aún más tierno.

Con Edgar, el único muchacho aparte de Isaac con el que había entablado una amistad, era muy diferente. Lilith podía ser quien era en todo momento cuando estaba cerca del muchacho, ya fuera porque desde el principio Edgar había sido como una especie de fastidioso hermano mayor o por cualquier otra razón. Como fuera, era Edgar quien le ayudó a darle un carácter realmente aterrador a su verdadero yo, pues le había enseñado todo lo que él sabía.

Lilith aspiró una gran bocanada de aire, sintiendo cómo su corazón se hundía al recordar lo pasado en la cocina esa mañana. Volteó hacia su nana, que parecía muy concentrada en manejar o en pensar, o en ambas cosas.

—Dorotea… ¿Es normal enojarme por lo que Edgar haga o deje de hacer? —preguntó la chica, desconcertando por un momento a la nana.

El sol le daba de lleno en la cara a Lilith, pero ni así apartaba el rostro del fresco viento que entraba por la ventanilla abierta. Un semáforo en rojo obligó a Dorotea a detener la marcha del coche para que los otros transportes pudieran pasar.

La mujer miró a la muchacha. En tan solo escasos días, Lilith se estaba convirtiendo en la ruin mujercita que negaba siempre ser, aquella desesperante y arrogante chica que en realidad era pero que se empeñaba en ocultar. Lilith poseía una cara lisa y bonita, de esas que pocas veces encuentras aún en las mujeres de revista; un tierno perfil, sobre todo a causa de su roma y respingona nariz. Sus ojos eran grandes y de color oscuro, igual que su largo y sinuoso cabello.

Vio el brillo en los ojos de Lilith; el mismo brillo que los iluminaban cada vez que hablaba de Edgar. Un cariño (¿O tal vez fuese amor?) que le reservaba al muchacho y que ni siquiera Isaac había conseguido.

—¿Edgar te gusta? —le preguntó la nana, de manera que Lilith comprendiera que se molestó por lo que pasó en la cocina porque Edgar le interesaba. Viviana le contó con lujo de detalle la manera en que la chica agredió a Edgar, como si se hubiese molestado personalmente de sus acciones.

Lilith contestó instintivamente, pues su cabeza se había ido de nuevo por los derroteros de Isaac, tal como en los últimos días.

No se podía sacar de la cabeza un misterio tan grande.

—¡¿Cómo va a gustarme un patán como él?! ¡Se la pasa buscando la manera de dar lata! —Gritó Lilith molesta, aunque más parecía estarse reprendiendo en voz alta por hablar de Edgar y no de Isaac—. ¡Es un caso perdido, y yo no estoy dispuesta a enamorarme de semejante…! —Se cortó de súbito, mirando con una mezcla de confusión y miedo a su nana.

¿Y qué si le estaban mintiendo? ¿Si Isaac en realidad estaba en su casa, tan normalito, sin saber lo que había pasado en la hacienda Báthory?

¿Y si en realidad pasó algo más?

Dorotea, pensando que Lilith por fin se había dado cuenta de que tal vez sí sentía algo por Edgar, se ofuscó cuando la chica cambió totalmente el tema—: ¿Puedes llevarme al departamento de Isaac?

—¿Qué cosa? —preguntó con el ceño fruncido, sin salir de su estupefacción. Lilith se removió en su asiento y respiró hondo. Luego soltó el aire como si estuviera suspirando, y a continuación miró a su nana desde su lugar.

—Fui como dos veces, y yo tengo una copia de la llave y… quisiera… quiero averiguar si él está bien —dijo, primero dudosa y de pronto firme—. No recuerdo lo que pasó. Fueron momentos muy confusos. Y no quiero vivir con ideas equivocadas; quiero saber qué fue lo que pasó con Isaac y con papá… y tal vez encuentre una pista en el departamento de Isaac…

—Entonces quieres hacerla de Sherlock Holmes y averiguar qué fue lo que pasó antes de que todo culminara así, ¿no? Lilith… yo realmente no sé lo que pasó, pero… fui testigo ocular de la muerte de tu padre —le espetó su nana, desviándose del camino y yendo por entre los barrios que había cerca del centro comercial. La chica no contestó—. Y a mí solo se me ordenó contarte que esos que asaltaron la casa eran ladrones… La verdad es que era solo una persona.

Lilith frunció el ceño ante tal revelación. ¿A qué clase de misterio se estaba enfrentando? Trató de captar la mirada de su nana, pero ésta, ahora que estaba diciendo la verdad, pareciera que solo la estaba diciendo a medias.

—¿Reconocerías al asesino si lo vieras en la calle?

—La verdad es que no —exteriorizó la mujer, virando el volante para adentrarse más y más en una calle—. Si tienes la firme resolución de buscar respuestas, entonces, bien, pero espero que me consideres tu Watson y me mantengas al tanto de lo que vayas investigando y descubriendo.

Como, por ejemplo, la extraña ausencia con la que Dorotea estaba hablando en ese momento. Por supuesto que Lilith se pondría a buscarle respuestas satisfactorias a cada una de sus preguntas.

—Así será Dorotea. No hay otra persona en la que tenga confianza, y tú eres todo lo que me queda… —dijo la chica, con un deje de melancolía en la voz.

—Yo también te quiero, Lilith —le recordó la nana con una sonrisa tierna en el rostro.  

A pesar de sus encargos y trabajos, y de que últimamente no se estaba alrededor de la chica como cuando era una niñita, o más aún, de que la chica estuviera revelando de forma drástica su forma de ser, Dorotea sabía que quería tanto a Lilith que juraba tenerle el amor de madre que Elizabeth no tenía.

El piso de Isaac era el noveno de un edificio común y corriente. Isaac nunca había sido rico, pero el salario de su trabajo era suficiente para que el chico tuviera para pagarse una buena vida y sin excesos.

Isaac Jármy era húngaro, y gracias a su vocación como modelo y a su fluido inglés, había sido capaz de instalarse en Inglaterra, siendo apoyado por una agencia de modelos que quería hacerlo incursionar internacionalmente. Poco después llegó a la ciudad de Lilith para quedarse.

Lilith lo conoció durante una pasarela en la feria anual a la que su familia la llevó a la fuerza. Recordaba perfectamente haber dicho que prefería quedarse en casa viendo algo en el televisor, pero incluso su padre había insistido para que ella también fuera. Ahí había tantos modelos guapos como chicas lindas, pero Isaac la había enamorado de inmediato, porque le miró directamente a los ojos y le dirigió una sincera sonrisa. Al término del desfile, cuando se celebraba una reunión para que los presentes socializaran un poco, Isaac había buscado a Lilith y se había presentado, diciéndole que quería ser su amigo. Claro estaba, las cosas se dieron muy espontáneamente entre ellos y Lilith, encantada, aceptó ser su novia cuando él le preguntó, con la firme promesa de que no se propasaría con ella.

Al principio sus padres pusieron el grito en el cielo. ¿Veintiún años? ¿Un modelo de la bienal a la que te obligamos a ir? ¿Enamorados? A su padre casi le daba un infarto. A su madre se le había hecho más fácil abofetear y amenazar.

Cuando Isaac supo lo mal que los padres de Lilith lo tomaron, él mismo se presentó en la mansión para hablar con ellos, y desde ese instante Elizabeth lo había querido incluso más que a Lilith. La chica no sabía cómo hizo Isaac para ganarse el favor de sus padres, pero a ella le bastaba con poder estar a su lado sin ningún impedimento.

Lilith interrumpió el tropel de recuerdos que hirieron su mente cuando llegó hasta el piso indicado y sacó de su mochila la llave para abrir la puerta. Dorotea observaba cada uno de los movimientos de la chica. Esta, tomando aliento, abrió de par en par la puerta del departamento antes de entrar.

Todo estaba como lo recordaba: una salita de estar frente a la entrada, llena de basura de comida y latas de cerveza y refresco; la cocina, el único lugar limpio en el piso de Isaac, pequeña y abandonada en el fondo del lugar; ropa y zapatos regados por todo el piso, como si Isaac no estuviera ausente.

La chica recordó la primera vez que fue ahí, después de que Isaac se dejara las llaves olvidadas en la habitación de la chica y estuviera trabajando en la agencia. En aquella ocasión pelearon porque Isaac había tratado de ayudar a Lilith con un poema que ella escribía, y al final él se había marchado diciendo estupideces. Isaac descubrió a Lilith en su departamento unas horas después, usando su cocina después de haberlo limpiado todo.

—¿Qué haces? —le había preguntado, entre confundido y divertido, al verla cocinando como si fuera una ama de casa esperando a su marido.

En realidad, Lilith se sintió tan contenta enmendando su error de esa manera, que solo había conseguido sonreír a su novio al verlo recargado en el marco de la puerta.

Lilith rio con amargura y pasó al departamento. Si había alguna pista, definitivamente tenía que estar en la habitación del joven.

Ese lugar no distaba de ser igual a cualquier habitación de un joven que tiene la vida resuelta: un sencillo guardarropa en una pared, una cama individual con sabanas azules, un pequeño buró en donde se amontonaban muchas fotos, y una guitarra eléctrica junto a su amplificador en una de las esquinas.

A Isaac le encantaba tocar la guitarra eléctrica. Las contadas veces que Lilith llegó de sorpresa al piso del chico, siempre lo encontraba tocando ruidosos riffs. Era como un duendecillo musical, y en menos de dos años, había podido enseñarle todo lo que sabía a la chica, aunque ella no se animaba mucho a tocar la guitarra porque había momentos en que no podía parar. Además, lo suyo era la lírica.

Lilith se sentó en la orilla de la cama y tomó una de las fotografías del buró; aparecían ella e Isaac en su primera cita, tomados de la mano. No habían ido muy lejos: su cita se había limitado, como siempre, a los eventos de la feria.

Todas las fotografías que Isaac poseía eran de él durante alguna bienal o de él y de Lilith; no había una sola novia anterior, ni un amigo, ni alguna fotografía familiar. La única persona en las fotografías de Isaac aparte de él mismo era Lilith.

—¡Me cago en Cristo! —Profirió Dorotea al entrar a la habitación, arrugando la nariz con molestia—. Lo que sea que esté provocando ese maldito olor, búscalo y tíralo ahora mismo, Lilith… Voy a la cocina a ver si encuentro café.

Y salió sin más de la habitación, dejando a la chica pasmada. ¿Si tan fuerte era el olor como para ahuyentar a Dorotea, por qué Lilith no podía percibirlo?

Decidiéndose a comenzar a buscar, revolvió los cajones del buró sin encontrar más que chucherías que Isaac iba acumulando ahí. Se dirigió al guardarropa, pensando que tal vez podría encontrar algo entre los bolsillos de los pantalones o de las camisas. Cuando corrió la puerta de madera, una cegadora luz la apuntó, y ella gritó por la sorpresa y se tropezó con las prisas por alejarse. Una vez en la ventana, consiguió recuperarse de la impresión. Vio que la luz provenía de un extraño cubo que estaba conectado a un pequeño generador. Cubriéndose lo suficiente, desconectó el cubo antes de maldecir por lo bajo. ¿Qué rayos hacía algo como eso, y además encendido, dentro de un ropero? Sacó con dificultad el aparato, solo para descubrir algo todavía más extraño: había una bolsa plástica llena de una sustancia viscosa, rodeando a otra bolsa más ajustada la cuál contenía un grueso libro.

—Pero ¿qué…?  —se preguntó Lilith cuando el olor de la sustancia se hizo aún más penetrante. Sacó el extraño paquete y dirigiéndose a la ventana, la chica comenzó a preguntarse si acaso tenía a un novio lunático.

No fue hasta que se giró hacia el ropero, que vio algo que estaba en el fondo, donde el recipiente había estado posado: un símbolo hecho de cal, casi como una escalofriante advertencia. Como reacción involuntaria, Lilith dejó caer el paquete de plástico justo cuando Dorotea entraba de lleno en la habitación.

La bolsa externa se desgarró al dar contra el piso, derramando su contenido por el suelo.

Dorotea se tambaleó en su lugar, volviendo a huir de la habitación, esta vez cerrando de un portazo para que el olor no se filtrara al resto del departamento.

Lilith se subió el cuello de la camisa hasta las fosas nasales y, con un poco de determinación, desembarazó al libro grueso de su cubierta de plástico para que no se mojara entre lo que parecía ser sangre y grasa animal, y lo sopesó entre las manos.

Era negro, del tamaño de una Biblia, forrado en piel y con hojas carcomidas y muy amarillas. Tenía unos extraños caracteres que Lilith reconoció como latín.

Salió de la habitación, con la pregunta en la cara.

—¿De qué es este libro, Dorotea? —preguntó Lilith, ofreciéndole el libro a la mujer. Dorotea tenía una taza de café humeante a pocos centímetros de la nariz, y parecía querer largarse en ese momento de ahí; ella nunca había soportado el olor a sangre. Tomó el libro, con una rápida chispa de reconocimiento en los ojos y le echó un vistazo, sin apartar la taza de su nariz.

—Velo tú misma —dijo, extendiendo el brazo para que Lilith le alcanzara el libro de regreso. A continuación, dio un sorbo a la taza, con la nariz siendo apretada por la otra mano.

La chica vaciló, sintiendo miedo, pero se armó de valor al saber que cualquier cosa que fuera a descubrir, Dorotea ya la sabía y aun así permanecía impávida.

Lilith examinó más a detalle el libro. Parecía muy antiguo, y a juzgar por la letra manuscrita que vio al hojearlo, parecía ser original y de mucho antes de la invención de la imprenta. Entonces cayó en la cuenta de que solo el título de la portada era el que estaba en latín. Lo demás estaba escrito en rumano.

… perfectamente que por escribir esto ganaré la enemistad de los de mi especie, más aún: de mis hermanos… pero otros aún confían en que ellos mismos pueden ser sus propios dioses… mejor identificados cuando se sabe de su capacidad de atracción, ya que un humano indudablemente siempre cae ante nuestras artes… porque nosotros tenemos también características inmediatas que cualquiera podrá identificar: belleza, habilidad para hacerlo todo, temor de ciertas cosas… nunca se debe confiar en el tamaño, porque éste solo se muestra como es realmente cuando nos transfiguramos…

Asustada, Lilith cerró de golpe el libro antes de dirigir una mirada de consulta a Dorotea, tal vez para saber qué hacer con un libro que estaba más que claro que había sido escrito por un demente.

—Ya me imaginaba que algo como eso había pasado —pensó Dorotea en voz alta, como si interviniera luego de que algo le fuera revelado. Volvió a dar un sorbo a su taza de café. Lilith la miró por un momento como si se hubiera vuelto loca, pero después la nana volteó a mirarla y le explicó—: Fue escrito por Dravulia, uno de los once hijos bastardos de Vlad Draculea.

—¿Drácula el vampiro? ¿El de las películas? —preguntó, escéptica.

—Bueno, resulta que ese libro puede responderte quién es ese Vlad Draculea, el de verdad —dijo de inmediato la mujer, sentándose en una silla—. No tenía la menor idea de que este libro estuviera en el poder de Isaac… Es una reliquia familiar de mucho valor, y como la señora se entere de que era él quien lo tenía…

—No le digas nada —suplicó Lilith, abrazando de pronto el libro, queriendo ocultar el crimen de Isaac.

—Oh, no es eso de lo que hablaba… —se apuró a decir Dorotea, pero al darse cuenta de que tal vez diría cosas de más, se interrumpió y cambió de inmediato de tema—: Será mejor que vayamos a casa, Lilith… hoy tengo que ayudar a Viviana a preparar la cena —recalcó el nombre de la sirvienta, esperando que Lilith mordiera el anzuelo. Lo hizo, porque de inmediato reveló:

—No quiero llegar —recordando la forma en que había golpeado a Edgar.

—¡Es verdad! Con todo esto se me olvidó —Dorotea sonrió, contenta de poder cambiar el tema definitivamente, y como divertida, le dijo a Lilith—: Edgar pidió disculpas por lo que pasó en la cocina. Pensó que haría gracia puesto que era una de las bromas que planeaba hacerte a cambio de la camisa que te había dado.

—¿Ah? —balbuceó, dolida, sintiéndose tonta… ¿Cómo rayos se le había ocurrido que eso podía hacerle la menor gracia?

Capítulo 7 | Princesa del mar

Capítulo 7. Un mes

Romina Taeryd tenía una cicatriz que le cruzaba en diagonal la mejilla derecha. Era tan recta que parecía haberla obtenido con una regla. Debido a esta cicatriz su vida había cambiado por completo. Tanto vagó de pueblo en pueblo que al final terminó por conocer cada rincón de la Regencia. Se estableció en Ulgo como vendedora de utensilios y zapatos de palma trenzada cuando conoció a Kaito Allen. De eso ya habían pasado dos años.

Su relación con el capitán de la gendarmería de Ulgo siempre había sido indefinida. Nadie dudaba de la cercanía que había entre ambos. Romina vendía sus productos por la mañana y a media tarde, puntual, acudía a las oficinas de la gendarmería para que Kaito la entrenara. A los nuevos grumetes les desconcertaba, y en múltiples ocasiones habían peleado directamente con Romina. Es la consentida del capitán, decían. A pesar de ser tan fea, mírale esa cicatriz. Apuesto a que el capitán le tiene lástima

Pero Romina no estaba de acuerdo con la gente que sentía compasión por ella. No le faltaban extremidades, tampoco inteligencia. Aunque se había hecho un hueso duro de roer, Romina no creía que le faltara algo en la vida. Dormía bajo un techo, comía tres veces al día y salvo los pequeños deslices de Kaito cuando la trataba como a una dama (era el único que lo hacía), Romina era feliz.

Seguiría a Valeria y a Gwendolyn a dondequiera que fueran. Por eso se contagió de la emoción de Valeria cuando supo que podría volver a viajar. Porque Ulgo era nefasto y cruel con las mujeres, atropellaban sus derechos y su valor como género a pesar de que en otras partes del mundo, aún en la Regencia, las mujeres cada vez tenían más voz.

Una gruesa gota de sudor le cayó en el ojo. Romina despotricó y se limpió la cara, empapada. Se pasó la lengua por los labios; sabían a sal.

—Llevo como una hora en esta posición, ¿ya me puedo mover?

—No —respondió el quebrantahuesos, tajante.

Romina bufó. Ese estúpido pájaro ya la había hecho correr, trepar, saltar, estirarse, doblarse y cuanta cosa pudiera hacer con su cuerpo. Había que decirlo: el ave casi hizo honor a su nombre en un par de ocasiones. Ahora la muchacha estaba en posición supina, con las piernas levantadas, y hacía rato que Romina ya no sentía el nudo en el estómago o el hormigueo en los muslos. Empezaba a odiar con toda su fuerza al maldito pájaro.

—¡Esto es ridículo! Ni Kaito es tan cruel. Han pasado algunos días, ¿cuánto más me vas a poner a calentar? ¿Me vas a dar poder de verdad? Si sólo estás jugando conmigo ayúdame a llegar hasta el barco de ese imbécil y ya me las arreglo yo. ¡¿Me estás escuchando?!

—A estas alturas no deberías poder hablar tanto, ¿no te duele el vientre?

—¡¿Qué mierda importa lo que me duela?! ¡Mis amigas siguen en ese puto barco!

Romina dejó caer las piernas. Tan pronto como lo hizo, la sangre regresó a sus músculos y la asediaron punzadas en la carne. Sentía su torso expandiéndose y contrayéndose a velocidades anormales. Nunca había estado en ninguna posición por tanto tiempo. Se agarró el estómago, dolorida.

—Creo que puedes estar lista. Ven, levántate Romina Taeryd —le ordenó el ave. Extendió las alas y estas empezaron a encogerse.

Romina se incorporó a duras penas, exhausta sobre sus temblorosas piernas, tomándose el estómago y con un rictus de dolor y frustración. Observó al ave convertirse en hombre. No apartó la mirada.

En los días que llevaba en ese lugar, había visto al quebrantahuesos transformándose a cada momento. Al principio Romina se cohibía, se asustaba o cerraba los ojos. Después empezó a parecerle normal, hasta que se terminó acostumbrando. No muchos días antes, un hombre desnudo cerca de ella sería la peor de sus pesadillas hecha realidad. Ahora no le causaba conflicto alguno, aunque pensaba que era sólo porque sabía que el quebrantahuesos en realidad no era humano. Aunque pudiera alzarla en el aire y dejarla caer para que se rompiera contra el suelo, el quebrantahuesos no podía hacerle daño en otras formas en que los hombres si podían.

—Mírame, Romina Taeryd, ¿qué ves en mí?

—A un pajarraco molesto.

El quebrantahuesos rio—. A un hombre al que ya no le temes.

—¿Puedes usar esa cosa de allá abajo? Si no puedes, está claro por qué no te temo —dijo ella, sin apartar la vista de la cara del ave convertida en hombre.

—Nunca usaría esa cosa con una niña humana, ¿sabes? —aclaró el ave. Se vistió lentamente, para que Romina pudiera verlo por completo, tal como lo había hecho desde que la vio despertar. Cuando estuvo vestido, ordenó a Romina que lo siguiera y le dijo—: los hombres humanos no son como yo, Romina Taeryd. Puedes ser fea y gorda. Puedes estar sucia y llena de piojos. Poco les va a importar si lo que desean es mancillar tu cuerpo… Aún así, debes pensar en ellos como si fuesen iguales a mí.

—No son iguales a ti. Ellos no pueden convertirse en…

—Tienen dos piernas, dos brazos, inteligencia, y muchos de ellos suficiente valor y deseo para meterse con alguien tan intimidante como tú, Romina Taeryd. Sigues siendo una niña humana, y para ellos es más que suficiente para justificar su dominio sobre ti. Piensa en ellos como si fuesen mis congéneres, más quebrantahuesos —le repitió—, deja de temerles. Ellos no pueden lanzarte por el aire para matarte. Ellos no pueden hacerte daño si no los dejas.

Romina se congeló. Le dijo con resentimiento—: Nunca los he dejado.

El quebrantahuesos le sonrió con suficiencia. Se puso a la altura de la chica para caminar junto a ella y por un rato siguieron el camino, callados.

Una vereda, antigua y serpenteante, dividía el bosque en dos. Aves de todos los tamaños iban de nido en nido, de árbol en árbol. Todo era verde, violeta o naranja. El suelo era un grueso manto de humus que hace siglos había sepultado a la tierra.

Pequeños animales rondaban entre el suelo, los troncos y las ramas de los árboles más jóvenes. Romina apenas podía divisarlos con el rabillo del ojo, así que no estaba muy segura de que fuesen animales en realidad. Cerca de la comarca de la Regencia había escuchado las anécdotas más disparatadas. Animales que podían transformarse. Personas que cambiaban de color cuando les salían marcas extrañas en el cuerpo. Criminales que podían controlar el aire y el agua a su antojo. Después de ver el santuario Mennor, Romina comenzaba a creer aquellas historias.

Volvieron al lugar que Romina vio la primera vez. Había un enorme claro con cuatro edificaciones dispuestas como en un cuadrado. Las edificaciones tenían cuatro paredes escalonadas que iban juntándose y haciéndose pequeñas a medida que se acercaban al cielo. El quebrantahuesos le dijo que se llamaban pirámides. En la cima de cada una había otro edificio pequeño. Tres de ellas eran del mismo tamaño, de un centenar de escalones cada una.

La cuarta, más densa y majestuosa, parecía una montaña. Refulgía como el oro. Cuando Romina miró hacia arriba, conteniendo la respiración, se dio cuenta de que la montaña-edificación se perdía entre las apacibles nubes. Volvió a mirar a su altura cuando dos aves se posaron cerca de la escalera que cortaba entre los escalones más grandes de la edificación de oro. Estas aves eran de la altura de Romina, tan negras como la noche y con una pálida cara que parecía una máscara. Caminaban sobre sus dos patas y sus plumas inferiores se arrastraban por el suelo creando la ilusión de que llevaban togas.

—Ellas son las lechuzas, las guardianas de la noche. Serán tus escoltas —le anunció el quebrantahuesos.

Las aves le provocaron un miedo frío a Romina. No terminaba de acostumbrarse al tamaño descomunal de estas criaturas. Y como nunca había visto a las lechuzas, ni siquiera en su tamaño normal, el miedo no hacía más que acrecentarse.

—¿Mis escoltas a dónde? —preguntó, nerviosa.

—A la cima de la pirámide —apuntó el quebrantahuesos, a un lugar que se perdía en las nubes—. Debes subir los trescientos sesenta y cinco niveles. Cada nivel es de seis escalones así que… subirás dos mil ciento noventa escalones antes de llegar. Claro, si no mueres a la mitad por la falta de aire. Allá arriba está lo que buscas. La Serpiente Emplumada te dará cualquier cosa que pidas una vez que pises el final de la escalera. Pero sólo si llegas hasta el final.

—¿Cuánto me tomará? —cuestionó, dirigiéndose con decisión hacia las lechuzas.

—¿Horas, días? A un hombre le tomó semanas. A un niño meses. Todo depende de tu fuerza de voluntad, Romina Taeryd. Una cosa más —Romina se detuvo para voltear a mirar al hombre-ave. Este la miró a los ojos, con la preocupación en el rostro—. Las niñas humanas con las que ibas están sufriendo en este momento. Dentro de unas horas arribarán al puerto que los kilti construyeron hace unos años. Mis hermanas me lo han dicho. Y tú ya has estado demasiado tiempo devano aquí, Romina. El tiempo corre más deprisa fuera de Mannor.

—¿Tiempo? ¿Cuánto tiempo? —pregutó, asustada.

—Un mes. Ha pasado un mes en el mundo.

Romina apenas escuchó la respuesta cuando corrió rumbo a la escalera de dos mil escalones.

¡Un mes! ¡Hacía un mes que Valeria y Gwendolyn sufrían!

Romina lloró mientras subía, escalón a escalón, el camino hacia la Serpiente Emplumada.

En el Puerto de Barro se respiraba un aire casi festivo. Oficiales del país, de los poblados circundantes e incluso de la Regencia vecina acudían en masas para presentar sus exámenes de ascensión. Debido a que la sede de los exámenes quedaba a unas veinte leguas tierra adentro desde el puerto, casi toda la gente acudía primero a este lugar.

Las carretas y las calesas iban de aquí para allá llevando personas, productos, comida, armas. Aunque había edificios altos hechos con un material blanquecino, estos eran eclipsados por completo por el ajetreo de las calles. Sobre un empedrado de suave color musgo, a cada costado de la calle, había puestos de vegetales, comida, baratijas y utensilios de madera y metal. Un yerbatero exhibía sus productos mientras intentaba que la gente le comprara. Cerca de la plaza principal, una compañía de acróbatas realizaba su número principal para la audiencia cada vez mayor. No había un solo local: sólo casas y posadas esperando a recibir a los viajeros e interminables filas de puestos sosteniendo el comercio del abarrotado puerto. Una piara de ruidosos cochinos se soltó por la mañana; los dueños aun les daban caza a través del enorme mercado.

Kaito Allen, uniformado y nervioso, bajó de la carreta cuando el carromatero se detuvo a un costado del camino principal. Sus acompañantes, los dos hombres y el muchacho de mala cara, bajaron junto a él.

—Si dicen que vienen para el examen o que son comerciantes los posaderos les van a aumentar el precio de las habitaciones. Digan que son derumnas, sin más. Si tienen algún talento y lo muestran incluso pueden recibir alojamiento y comida gratis. Yo me retiro, viajeros —informó el carromatero, contento.

—Muchas gracias —le dijo uno de los hombres. El joven malcarado ya se había marchado.

—Las gracias a Caram-zel —concedió el carromatero, antes de volver a poner en marcha su pesada carreta.

Kaito se despidió de los dos hombres que lo habían acompañado la mayor parte del camino y decidió buscarse primero una habitacioncita. El carromatero tenía razón: en cuanto le vieron el uniforme a Kaito, le triplicaron el precio del dormitorio más cutre en la posada más abyecta de la localidad. Molesto, Kaito decidió vestirse de civil y mostrarse como turista. De todos modos estaba en una zona neutral: dudaba mucho que tuviera que hacer uso de su autoridad en un lugar tan alejado de casa.

Al despuntar el alba el ruido invadió al Fame’s Revenge. “¡Tráiganlas a todas!” se repetían los piratas unos a otros, en el idioma común y en el que ellos hablaban. Sacaron a La Galdés de la cama donde retozaba con uno de los piratas, así como a todas las mujeres viejas. A las niñas las llevaron a empujones a cubierta, tan llorosas como la primera vez que las habían reunido. Las últimas en ser llevadas fueron las muchachas. Chaezo, Harlyna y Garron fueron puestas en un rincón aparte.

Quince piratas estaban ahí. Todos eran intimidantes, apestaban y se reían entre dientes viendo la desesperación de las mujeres. Algunos se destacaban entre el grupo de criminales. Los hermanos Mood, por ejemplo, estaban sentados sobre dos barriles de cerveza, esperando a que la reunión comenzara.

Gionslann Ruzcar salió de la cocina, exaltado—. ¡La’ niña’ no han hecho ‘e comer aun! ¿A ra’ón ‘e qué tenemo’ que reunirno’? —preguntó.

Le respondió su compinche, un hombre moreno que siempre cargaba con uno o dos arcabuces en la mano aunque estuviese durmiendo—: Es porque más o menos a mediodía podremos ver el lugar donde se lleva a cabo la siguiente venta.

—¿E’ puerto que di’en que fue construido por lo’ aborígene’ que e’ ca’itán cazó? ¡Ja, ja, ja! Habrá que ve’ ese luga’ —expresó Gionslann, satisfecho. Él solía entrar casi cada hora a la cocina para pedir comida; no se acercaba a las rehenes para otra cosa.

Zabo bajó a cubierta. A excepción de aquella ocasión en que las aves gigantes llegaron exigiendo el huevo de roc, el hombre se la pasaba metido en la cofa, afilando sus dagas y oteando el horizonte. Las rehenes no sabían a qué hora comía y no podía importarles menos.

—El clima es agradable. Vox Sanguinum debe estar contento —comentó en voz alta.

Algunos piratas se estremecieron. Si Caram era un dios justo y benévolo al que todos adoraban, Vox Sanguinum era todo lo contrario: era un dios terrorífico que exigía ofrendas sangrientas y al que se le celebraba con festividades nefastas y lóbregas. Zabo Lsythstay adoraba a este cruel dios con tanto fervor que casi parecía un acólito extremadamente religioso.

—Bueno, bueno, ¿no faltan los protagonistas de la fiesta? —preguntó Geldlius Mood, encendiendo una pipa.

Cuando Yogan Basoro salió a cubierta cargando una enorme y pesada silla de madera, los piratas se sumieron en el silencio. Las rehenes, más curiosas que asustadas, se unieron al silencio, observando. Yogan colocó la silla cerca del castillo del barco porque, aunque el sol aun no pegaba con fuerza, esa silla no tenía lugar en ninguna otra parte donde no estuviera presidiendo. Después de acomodarla, Yogan se unió a los piratas.

Las rehenes despegaron la vista de la silla unos momentos para ver a Valeria. Iba caminando por sí misma, con la piel más clara por el encierro y el cabello de un intenso color rojo. no obstante, sus brazos estaban amarrados a su espalda con una cuerda que Blistor sostenía entre sus manos. El vicecapitán la condujo hasta el grupito de las rehenes, la obligó a sentarse en la cubierta y se alejó dos pasos, siempre vigilante.

—¿De qué se trata todo esto? —preguntó Valeria. La Galdés le pellizcó el brazo, acallándola.

En la quietud de la mañana, ni el fragor de las olas de mar pudo disfrazar los pesados pasos que se acercaban a cubierta. Los piratas ya sabían a quien esperaban y por eso permanecían en silencio, pero las rehenes nunca los habían visto tan tranquilos y comenzaron a inquietarse.

Pronto, los profundos y constantes pat-pat-pat se acercaron a cubierta y un enorme hombre salió a la luz matinal. Media más de dos metros, era tan ancho como una puerta y tenía brazos y piernas tan gruesos como troncos. Vestía a la usanza de los nobles, esto es, con botas de caña alta, pantalones y camisa de lino del bueno, y una casaca con ricos bordados de oro. Un gran tricornio le coronaba la cabeza, y una larga pluma de pavo real se deslizaba desde el sombrero. El enorme hombre llevaba en una mano a Gwendolyn, quien iba cubierta apenas por un vestido de gasa y, tan pronto como se sentó en la silla, dejó caer a la chica y sonrió mucho antes de que ella se sentara en el suelo de la cubierta junto a él, mirando al suelo.

A Valeria se le saltaron las lágrimas al verla. Habían pasado un mes separadas, la una confinada a un estrecho pañol y la otra obligada a satisfacer al capitán, y ahora no hallaban las palabras para hablarse a la cara. Así que Valeria se calló todos los insultos que pasaron por su cabeza y Gwen se quedó junto al capitán, sumisa.

—Íbamos a vender a Gwendolyn junto a los otros desperdicios, pero ha habido un cambio de planes —anunció el capitán. Blistor lo tradujo al idioma común en voz alta, para que todas las rehenes lo comprendieran—. Gwendolyn se queda. Los dos desperdicios y Harlyna Vannios se van. La Galdés y la Valentona se van. Cuando sangre la primera de las niñas, las cuatro se sortean entre los tripulantes. ¿Falta algo?

—¿Qué hay de las viejas, capitán?

El Corsario Sangriento se puso cómodo sobre su asiento, descansó la mejilla en la ancha mano y, sin hacer ni decir nada más, esperó. Sus subordinados comprendieron sin que su capitán dijera ni mu. Así, tres piratas agarraron a las tres mujeres, las pusieron contra la borda, les cortaron el cuello y las tiraron al mar. Las rehenes se descompusieron y comenzaron a gritar, a llorar, e incluso Valeria consiguió pararse sobre sus pies, pero Blistor la jaló de la cuerda para tirarla al suelo.

—¡SILENCIO! —ordenó Yogan. Las rehenes se sumieron en una afonía que no dejaba de ser interrumpida por hipos y gemidos.

—Bien, eso fue francamente aburrido. La próxima vez póngase un poco más ingeniosos —comentó el capitán, antes de tomar a Gwendolyn por el cabello y llevarla a rastras detrás de él.

Esta vez las niñas y las muchachas fueron encerradas en pañoles distintos. A media mañana, el barco volvió a su ajetreo normal: las rehenes volvieron a la cocina para preparar la comida de todos mientras los piratas comprobaban una y otra vez todos y cada uno de los rincones del barco para que no hubiese contratiempos con la transacción que estaban por hacer.

A mediodía, como pronosticaron los piratas, las costas podían verse. Hacía bastantes días que el barco navegaba en alta mar y ya era hora de desembarazarse un poquito del vaivén de las olas. Incluso los aguerridos piratas deseaban un pequeño descanso en tierra.

La distancia que habían recorrido no era tan grande, pues el Puerto de Barro se asentaba en una costa que casi le hacía competencia a la Regencia en cercanía con el mar. Si un viajero viniera desde el otro lado del mundo y tuviese que elegir alguna dirección, a su izquierda encontraría la península de la Regencia y le recibiría la gran Región Seca si no se andaba con cuidado. Para sortear esta mortal región debían acudir a Absen hacia el noreste o rodear toda la región seca rumbo al noroeste para llegar a los ricos pueblos de Ulgo y Lorron, de donde provenían las rehenes que el Fame’s Revenge llevaba a bordo.

Si, por el contrario, el hipotético viajero elegía su derecha, iría rumbo al este del mundo, en donde se encontraba el famoso Puerto de Barro. Este lugar pertenecía a Kano, un país pluriétnico que colindaba con la Regencia. Pues bien, a pesar de lo pequeño que parecía el mundo cuando era dibujado en un mapa, el barco del Corsario Sangriento había tardado casi un mes en ir desde Ulgo hasta el puerto.

Del lado oeste del puerto había un sucio y pequeño atracadero administrado por matones que se habían apoderado de la zona años atrás. Solían cobrar elevados peajes a los viajeros que pasaran por ahí. También hacían trabajar a los derumnas con más ahínco que el resto del mundo, porque era un fastidio matarlos, pero tampoco podían dejarlos pasar con tanta libertad. Por último, pero no menos importante, si la gente pasaba por ahí era por sólo dos razones: o nadie les había dado advertencia alguna, o sabían muy bien que este atracadero era el destino a donde llegaban los traficantes y toda clase de criminales.

Pues bien, el barco del Corsario pertenecía al segundo tipo. Cada vez que atacaban algún pueblo y tomaban mujeres, los piratas del Fame’s Revenge tenían por costumbre ir de inmediato hacia el Puerto de Barro para vender a las mejores. Por supuesto, eran los principales proveedores del Círculo de las Flores, una extensa zona roja dentro del puerto a la que acudían magnates y nobles para divertirse y hacer negocios.

Debido a sus importantes contribuciones a la economía local del puerto, el Corsario jamás había sido delatado por sus compradores. Su barco llegó tranquilamente hasta el atracadero, sus piratas lo amarraron con bastante práctica y costumbre y, pasada media hora del mediodía, Yogan Basoro y Blistor Morogar mandaron a llamar a las chicas que serían vendidas.

Los hermanos Mood se rieron a mandíbula batiente cuando Garron empezó a patalear y a tirar dentelladas. Gwen, desilusionada, pensó que la chica debió haber hecho eso cuando la atraparon, no ahora que iría a un nuevo destino.

—¡Traigan a Gwendolyn y lárguense de una vez con esas sirenas aullantes! —vociferó el corsario, molesto con el ruido.

Gwendolyn fue conducida al camarote del capitán. Ahora que estaba acostumbrada a su trato, se dejó hacer como su fuese una muñeca de trapo. El hombre rasgó su vestido por quinta vez esa semana, la sentó a horcajadas sobre sus piernas y tiró una carcajada al aire. Le preguntó:

—¿Sabes que en Puerto de Barro las personas como Valentona son exhibidas como animales?

Y volvió a reír con diversión cuando vio la cara de sorpresa, miedo y frustración que Gwendolyn hizo cuando se dio cuenta de que no podía hacer nada por detener la separación.

Valeria supo que algo andaba mal cuando Zabo entró al pañol donde la mantenían encerrada. Era enorme, delgado y musculoso. Tenía ojos almendrados, pómulos sobresalientes y labios carnosos. Vestía pantalones de piel, pesadas botas de caña alta y alrededor de su torso llevaba múltiples correas para sostener una serie de dagas afiladas. Hasta ahora, era la tercera vez que Valeria le veía, pues solía recluirse en las cofas del barco.

—Valentona, tú vendrás conmigo —le anunció, con un cabo de cuerda en la mano.

Valeria era lo suficientemente inteligente como para no oponer resistencia frente a un hombre armado. No obstante, aunque se dejó amarrar, le aclaró—: Me llamo Valeria Alazar.

—Y yo Zabo Lsythstay, pero las presentaciones no son importantes.

Zabo le amordazó con un sucio retazo de tela, le cubrió la cabeza con un saco de arpillera y la cargó sobre su hombro.

Así, Valeria sintió, más que vio, cómo la llevaban a un bamboleante carromato. A sus costados, las muchachas sollozaban en voz baja. Ella sabía que debían ir al menos cinco personas en el pequeño transporte, contándolas a ellas y a Zabo. No creía que fuese alguien más.

Con el corazón subiendo y bajando lentamente por su esófago, expandiéndose a cada minuto como el miedo disperso en la sangre, Valeria empezó a considerar cada una de sus posibilidades. Se sentía estresada, nerviosa y tonta. Desde que viera a Zabo entrando a su pañol, Valeria comenzó a exudar un sudor frío que pronto le mojó la espalda.

Fue entonces que, sin más, Valeria sintió una repentina quemazón en las muñecas que se disolvió tan pronto como apareció. De un momento a otro, la gruesa cuerda se deshilachó y las manos de Valeria quedaron libres. Ella aspiró, conmocionada.

A mitad del camino, Romina sabía que ya no llegaba suficiente aire a sus pulmones. Cuando llevaba tres cuartas partes de una escalera que parecía infinita, cada paso era una tortura, cada aspiración la mataba más en lugar de darle vida. Sentía una terrible irritación que iba desde las fosas nasales hasta la garganta, y hacía muchos escalones abajo que había olvidado el propósito de su misión. ¿Por qué se empeñaba tanto en subir a la cima de una aterradora pirámide? ¿Quiénes eran los dos hombres de largas túnicas negras que flotaban alrededor de ella, más como si estuvieran vigilándola que si estuvieran al pendiente de su seguridad?

Romina cayó sobre sus dos manos y subió a gatas los siguientes escalones. Uno, uno, uno. No sabía si se terminaba de subir un escalón cuando lo tocaba con las manos desnudas o con los pies ensangrentados. Este pensamiento dominó su mente por un rato, hasta que soltó una pequeña risita y un agudo dolor le atenazó el pecho.

El dolor la distrajo y le provocó una terrible caída. Resbaló algunos escalones y se golpeó la cadera. Quedó boca arriba sobre la escalinata de piedra, mirando al cielo. Al ver el profundo tono violáceo del firmamento, recordó las bellas aguas acariciando la cala donde solía pasar el tiempo con sus amigas.

Era una cala pequeña, una luna de arena entre el mar y una accidentada cañada, accesible sólo por un único camino. A veces, cuando la marea era alta, la cala solía inundarse. Por eso, las chicas guardaban en un firme montículo de piedras algunas cajas de madera y dos enormes macutos con ropa, cecina y odres de agua, además de pedernal, leños y algunas cacerolas. Así, si tenían la imperiosa necesidad de escapar de su vida por un rato, siempre podían ir a esconderse a ese lugar y disfrutar de la vida junto al mar, al menos hasta que el sol se ocultara tras las cordilleras que rodeaban la entrada al pueblo.

Sintió el mar haciéndole cosquillas en los dedos. Sabía que era más bien porque un extraño cosquilleo la comenzó a invadir, pero se dejó mecer por las sensaciones. Cerró los ojos, y vio a Gwen de espaldas al mar. Tan bella, tan frágil.

Si Romina hubiese corrido lejos, a los piratas no les habría importado menos. Si hubiese dejado a Gwen a su suerte y hubiese alertado a Valeria para alejarse de ahí… Si tan solo Valeria no hubiese ido acompañada por Kaito sino por Tyres o alguien más… Romina sintió su cara convertirse en una triste máscara de desdicha.

Rompió en llanto, avergonzada.

Este sentimiento redobló su deseo, pero la energía que le quedaba era casi nula. No le importaba: la única forma de disculparse con sus amigas por huir sola era sobrevivir y regresar para rescatarlas. Pagar con su muerte ya no lo compensaría. En su lugar, pagaría con su vida para que ellas regresaran a Ulgo.

Sin aire, se levantó sobre sus pies y, ni bien hubo echado un vistazo a la cima, puso un pie en cada escalón con renovado esfuerzo. Uno, uno, uno…

La vista se le nubló, los pulmones comenzaron a arder como si se quemaran al rojo vivo y Romina volvió a tropezar. Volvió a mirar hacia arriba.

La gran Serpiente Emplumada la observaba, enroscada sobre la cima de la pirámide.

Romina no esperó a que la serpiente le ofreciera algo. En su lugar, sólo la miró con alivio y pidió, ya sin aliento—: Dame poder —antes de perder la conciencia.

capítulo 1 | Besos de Ceniza

Aspiró profundamente. Miró con fijeza su objetivo, tan lejano, tan alto. Su corazón martilleaba cada vez más fuerte contra su pecho. Intentó serenarse, aunque en vano.

Comenzó a correr, poniendo casi metro y medio entre paso y paso. Rápido, audaz, se olvidó de su corazón cuando el cuerpo entero le comenzó a hormiguear. Encajó la pértiga en el cajón. Sus piernas se elevaron primero, luego él estuvo de cabeza en el aire, sostenido a la garrocha. Inmediatamente, su cuerpo pasó por encima del listón.

Sonrió.

Lo había logrado. Eiji estaba seguro de haberlo logrado.

Unos segundos después, el listón cayó a su lado.

—Intento nulo. Okumura-senshu cuenta todavía con dos intentos más. Veamos cómo lo hace.

El ruido ensordecedor del público golpeó los oídos de Eiji. Se sintió enfermo. Estaba seguro de que vomitaría.

Miró por un instante a los flashes. Ibe-san, su fanático fotógrafo, estaba entre los reporteros mirándole con bastante nerviosismo. Eiji se sintió más presionado al verlo.

No quería defraudarlo, ni a él ni a nadie. No podía.

Volvió a su posición. Revisó la altura. Después revisó la pértiga de fibra de vidrio y carbono. Sus ropas estaban limpias y bien puestas, su cabello no le estorbaba pues era corto, y no parecía tener ninguna lesión. Físicamente, se sentía bien. Aunque no podía hablar por su inusitada arritmia.

Volvió a correr. Volvió a encajar la pértiga, a elevarse, lo hizo bien. Fue perfecto. O al menos eso le había parecido al público. La realidad fue distinta.

—Desplazamiento de la mano inferior, intento nulo. Okumura-senshu está dejando mucho que desear este día. Sabemos que la presión es grande para el candidato a los Olímpicos.

—Así es. Okumura-senshu deberá mostrar de lo que está hecho si quiere representar al país en los próximos Olímpicos de Tokio 2021.

—Okumura-senshu se prepara para su último intento. Su futuro será definido con este salto. Si no logra superar el obstáculo, Okumura-senshu podría perder su posición.

En la tercera oportunidad, Eiji ni siquiera pudo alcanzar el listón. Simplemente pasó por debajo y cayó, desesperanzado, asustado y triste.

El prometedor atleta que representaría a Japón en los Juegos Olímpicos, Eiji Okumura, fue descalificado de la competencia ese fatídico día.

—Sólo tiene diecinueve años, amor, se repondrá —aseguró la madre de Eiji, acariciando el hombro cansado de su esposo.

Este tomaba una lata de cerveza en silencio, escuchando a su mujer, pero también a las noticias. Okumura-senshu por aquí, Okumura-senshu por allá. Todo mundo cubría la maldita nota; todos eran como chacales dándose un festín con el cadáver de su hijo.

Sus voces, las de los reporteros y la de la madre, se elevaban lenta pero ominosamente a través de las escaleras y el pasillo. Sus palabras llegaron hasta los oídos de Eiji. Es una lástima, una pena, debió esforzarse más, está claro que no todos tienen las habilidades, sólo tiene diecinueve años. Se repondrá.

—¡No era sólo mi carrera! ¡Era mi vida!

Sus gritos acallaron los intentos de su madre de llevar a buen término el asunto. Estaban tratándolo como un niño que pierde un juguete. Sólo es un juguete, ya se le pasará. ¿Qué importa? ¡Sólo es un tropiezo en la vida!

Eiji estaba cansado de aquello. Estaba cansado de que siempre lo trataran como un niño, como si no supiera lo que quería. Él sólo quería ser bueno en algo. Si no podía llevar a buen puerto su carrera, la que ni siquiera había arrancado, ¿qué podía esperar del resto de los ámbitos en su vida? ¿Sería correcto rendirse, buscar un trabajo de dependiente en alguna tiendita porque no tenía estudios universitarios, casarse con alguna chica (que no lograba visualizar) y tener un montón de chiquillos igual de fracasados que su padre? ¿De verdad eso era lo que sus padres esperaban de él? ¿Tan poca fe le tenían?

Algo se deslizó debajo de su puerta, a través de la rendija. Luego de unos minutos, Eiji se acercó a la puerta y vio que se trataba de una nota. Eiji reconoció la letra de su hermana. Decía:

Ni la vida, ni en la muerte, ni el Estado, ni en los padres,
pero dónde estoy yo, tú también estás conmigo.
Vivo contigo en esta felicidad.

¿Recuerdas este poema? Me lo recitaste cuando estaba furiosa con papá luego de que me dijera que está bien si no consigo casarme en el futuro, como si eso fuera lo más importante para mí. Eiji, si tu felicidad no está aquí conmigo, con nosotros, ¿qué esperar para ir a buscarla? En el pasillo te dejé un regalo. Espero que te ayude a pensar las cosas.
-Tu hermana, quien te quiere de aquí al cielo.

Eiji abrió la puerta. Había una caja de omamori y dentro de ella tres amuletos: uno blanco, uno azul y uno rojo. El primer omamori era de un blanco prístino, tenía bordados cerditos y aves y una frase que pedía por la felicidad de su dueño. El segundo omamori era azul rey con un cordel blanco; en el centro tenía bordada una montaña, rodeada por un cordón ceremonial que iba hacia la derecha. El último de los omamori era rojo, tenía bordada una montaña más pequeña que la del omamori azul, además de un cordón ceremonial que rodeaba a la pequeña montaña e iba hacia la izquierda, para encontrarse con el cordón de la montaña grande. Estos dos omamori, el azul y el rojo, eran los que las parejas conseguían para desearse buena fortuna en el amor.

Con el regalo en la mano, Eiji volvió a cerrar la puerta de su cuarto y se quedó ahí, pensando en la nota de su hermana. Si tu felicidad no está con nosotros decía, pero ¿qué se supone que era la felicidad? ¿No era la sorpresiva y bienvenida descarga eléctrica que lo recorría cada vez que se elevaba por el aire, impulsado sólo por su cuerpo y la pértiga? ¿Se suponía que debía encontrar a una buena muchacha y esperar a encontrar la felicidad con ella?

Pero a Eiji sólo le importaba el deporte. En el pasado había rechazado a muchas chicas decentes sólo para seguir entrenando un poco más. Su alma era la de un atleta, ¿cómo podría enamorarse de alguien cuando todo lo que necesitaba para sentirse satisfecho era correr y saltar?

Su hermana estaba loca.

No obstante, ¿qué tal si era él quien se estaba negando a algo que podría hacerle bien?

Alguien tocó a la puerta. Luego, Eiji escuchó la voz de su padre—: Esto no es más que un tropiezo, Eiji. Puedes demostrar de qué estás hecho en París 2024. Mañana será un nuevo día.

Eiji ya no quería demostrar nada. Estaba claro que su camino no era el de un atleta. Había tenido un año extra para postularse para los Olímpicos debido a la pandemia global que había azotado al mundo, y ni con eso lo había logrado. Ahora, en lugar de cuatro años de clasificaciones tendría sólo tres, ¿y su padre seguía esperando que Eiji recuperara el ritmo?

Imposible. Los Olímpicos no esperaban a los fracasados como él.

Durante la madrugada, Eiji evitó las redes sociales y las noticias, pero encontró en su celular el e-mail de un gran amigo llamado Katsuki que había hecho durante las nacionales del año pasado. Aunque no competían en el mismo rubro y tal vez esta era la razón más poderosa de que se llevaran tan bien, a Eiji se le había acabado la cinta adhesiva en un momento crítico y Katsuki-san se había acercado de inmediato para ayudarlo. Más tarde intercambiaron información de contacto, así es que desde entonces mantenían una relación de cordial amistad.

Katsuki contaba sus aventuras y desventuras con su entrenador y sus rivales en las competencias, ajeno al drama nacional que los noticieros estaban haciendo con la descalificación de Eiji. Por último, le recomendaba: “Un cambio de aires te hará mucho bien, Okumura-san. Si descansas lejos de la vida pública por un tiempo, podrías resolver tus conflictos”. La realidad era que nadie era mejor que Katsuki para recomendarle aquello a Eiji.

Durante 2016 había sufrido para ser clasificado en el Grand Prix y aunque era uno de los mejores patinadores clasificados por la Federación Japonesa de Patinaje, Katsuki sufrió una terrible humillación al quedar en sexto lugar en su primer intento. Además, era cuatro años mayor que Eiji cuando aquello pasó. Si Katsuki había logrado reponerse y vencer…

Ahora estaba seguro. Muy seguro. Eiji empacó todo lo que fue capaz de meter en una mochila y una maleta y guardó cuidadosamente los omamori que su hermana le regaló. Escribió una nota a las prisas y abrió la puerta de su habitación. En ese momento se dio cuenta de que su madre lloraría y se aferraría a él si lo viera salir corriendo por la puerta de la casa. Cerró lentamente la puerta una vez más. Un solitario rayo de sol se coló por la ventana. Estaba a punto de amanecer.

Sin pensarlo demasiado, Eiji abrió su ventana, se colgó la mochila y levantó sobre sus hombros la pesada maleta. Tomó impulso, respiró profundamente tres veces, corrió, puso ambos pies sobre el alféizar y saltó. Aterrizó sobre la barda de su casa, luego sobre la calle y cuando estuvo con los dos pies sobre el pavimento se puso rápidamente unos lentes de sol y una gorra y comenzó a correr con el equipaje a cuestas.

Todo sería perfecto mientras nadie lo reconociera andando por la calle. Tan pronto como salió de su distrito las cosas fueron más sencillas. Para no llamar la atención dejó de correr, recuperó el aliento y se limpió el sudor de la cara y el cuello. Tomó un taxi y le indicó que lo llevara hacia el aeropuerto.

Cuando llegó se fijó en el tablero de destinos. El más lejano, el que se hiciera dentro de media hora, o antes, para que Eiji no se arrepintiera y regresara con la cola entre las patas. ¿Cuál? ¿Cuál? Vio un ominoso “NYC 7:00 HRS” en el tablero. Era ése, Eiji estaba seguro. Corrió a comprar el boleto, lo pagó y luego corrió una vez más hasta la terminal para que su equipaje fuera revisado y él pudiera ingresar cuanto antes al avión que estaba a punto de despegar.

Corrió de aquí para allá, que el equipaje, que el boleto, que los papeles. A las 6:59 de la mañana Eiji estaba en su asiento, falto de aire, pero contento. Unos segundos después cerraron las compuertas, los pasajeros y los tripulantes se prepararon y el avión con destino a Nueva York despegó a las siete de la mañana.


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Mis animes – Verano 2020

Después de un merecido descanso llamando Contingencia por COVID-19, la industria vuelve a toda marcha y animes como Fugou Keiji… vuelven a las andadas. Por fin estamos ante los pesos pesados de la industria, y ya un poco más cerca de otros animes que han estado volteando el internet, como Shingeki no Kyojin, InuYasha y Re:Zero.

Así que, antes de continuar, te recomiendo que pruebes en MyAnimeList, AnimePlanet, Kudasai o El Palomitrón para que tú mismo/a hagas tu propia lista de estrenos. Si no quieres perder el tiempo, aquí tienes una distribución de 5 tiers, del peor al mejor: No los veré, No los conozco ni me interesan, Tal vez los vea, Los veré, Definitivamente los veré.

No los veré

Estos son animes que no sigo por varias razones: no me llaman la atención, tienen contenido que no es de mi gusto o me parece que no están bien hechos. De hecho, ni siquiera me tomaré la molestia de buscarles portadas a los animes de esta sección y la que sigue. Por supuesto, esta es sólo mi opinión.

Yahari Ore no Seishun Love Comedy wa Machigatteiru. Kan

Nunca supe qué esperar de ese anime, nunca lo empecé y dudo que lo vaya a hacer.

Uzaki-chan wa Asobitai!

Desde la portada puede verse que Uzaki es de esas waifus con voz de pito, más tetas que desarrollo y cero atractivo intelectual.

Peter Grill to Kenja no Jikan

Soy de esas personas que descarta casi en automático cualquier producción con ecchi o más de tres monas en la portada, como es el caso de este anime. No quiere decir que sea estricta con esta selección porque uno que otro ecchi buenazo sí me he visto.

Monster Musume no Oishasan

Aplican mismas condiciones de la anterior.

Dokyuu Hentai HxEros

Prefiero un hentai de verdad, gracias.

Umayon

Anime de chibis. Veo algunos, pero no es mi fuerte.

Chou Futsuu Toshi Kashiwa Densetsu

¿Anime relax de chicas kawaii?

Get Up! Get Live! #Geragera

NO.

Nu Wushen de Canzhuo II

La verdad es que no tengo idea del origen de este anime ¿chino?

Kud Wafter (Película)

Hay una mona rubia ojona, ja, ja, ja.

No los conozco ni me interesan…

…Pero hay una recóndita posibilidad de que los vea si alguien me los recomienda.

Maou Gakuin no Futekigousha: Shijou Saikyou no Maou no Shiso… y un largo etcétera

Las producciones de Silver Link. a veces apestan.

Lapis Re:LIGHTs

Anime de idols… ¿Qué más hay que decir?

Ani ni Tsukeru Kusuri wa Nai! 4

¿De dónde rayos viene esto?

Ninja Collection

¿De dónde rayos viene esto? x2

Tal vez los vea

Gibiate, el anime del artista de Final Fantasy - Universo Nintendo

¿? episodios | Studio elle, l-a-unch ・BOX | Acción, fantasía, horror, artes marciales, samurái | 15 de julio 2020

Gibiate

No le tengo mucha fe a los estudios, aunque la premisa es maravillosa.


La segunda temporada de Muhyo to Rouji no Mahouritsu Soudan ...

¿? episodios | Studio Deen | Acción, misterio, comedia, sobrenatural, drama, shounen | 7 de julio 2020

Muhyo to Rouji no Mahouritsu Soudan Jimusho 2nd Season

Todavía me falta ver la primera temporada, así que pueden acusarme por mi falta de tiempo.


Anime de “Koi to Producer: EVOLxLOVE” estrenará en julio | La ...

¿? episodios | MAPPA | Música, recuentos de la vida, super poderes, romance, shoujo | 16 de julio 2020

Koi to Producer: EVOLxLOVE

¡UN HAREM INVERSO…! Basado en un juego. Aunque es de MAPPA y sólo por eso no está en los primeros dos tiers.


Los ONAs chinos están más activos que nunca, ¡recomienden alguno!

Los veré


Re:Zero 2nd Season | Mediavida

¿? episodios | White Fox | Drama, fantasía, psicológico, thriller | 8 de julio 2020

Re:Zero kara Hajimeru Isekai Seikatsu 2nd Season

Alguien tiene que disfrutar de esta joyita… aunque Subaru sea un idiota y probablemente mande a la mierda a Rem por segunda ocasión.


Fecha de estreno y tráiler del anime The God of High School - El ...

¿? episodios | MAPPA | Acción, ciencia ficción, aventura, comedia, sobrenatural, artes marciales, fantasía | 6 de julio 2020

The God of Highschool

No conozco la historia de nada, pero los que me conocen saben que nunca dejo pasar un anime de MAPPA. Algo bueno ha de salir.


El anime Kanojo Okarishimasu iniciará su emisión el 11 de julio

¿? episodios | TMS Entertainment | Comedia, romance, escolar, shounen | 11 de julio 2020

Kanojo, Okarishimasu

Éste viene de la mano de TMS Entertainment, tiene cuatro bonitas chicas en la portada y lo anuncian como un shounen de comedia romántica. ¡Vamos señores, tengo fe en ustedes!


El anime Deca-Dence revela una imagen promocional – TeraGames

¿? episodios | Nut | Acción, ciencia ficción, aventuras | 8 de julio 2020

Deca-Dence

Un anime de acción, ciencia ficción y aventuras en un mundo post-apocalíptico: todo lo que Lidia necesita para ver algo.


Fecha de estreno de la segunda parte de No Guns Life - El Palomitrón

12 episodios | Madhouse | Acción, ciencia ficción, drama, seinen | 10 de julio 2020

No Guns Life 2nd Season

Vi la primera temporada y me gustó, ¿why not?


Definitivamente los veré

Retrasada la parte 2 de Sword Art Online: Alicization - War of ...

Sword Art Online: Alicization – War of Underworld 2nd Season

11 episodios | A-1 Pictures | Acción, juego, aventuras, romance, fantasía | 12 de julio 2020

A estas alturas se puso tan bueno que compensa las mega fallas con sus estúpidos arcos de hadas.

Los tráilers subtitulados no duran mucho en YouTube, así que a darle…

Fecha de estreno y tráiler segunda temporada de Fire Force - El ...

Enen no Shouboutai: Ni no Shou

¿? episodios | David Production | Acción, sobrenatural, shounen | 4 de julio 2020

Amé la primera temporada, obviamente voy a estar en primera fila para la segunda.


El hundimiento de Japón: 2020 (Serie de TV) (2020) - Filmaffinity

Nihon Chinbotsu 2020

ONA de 10 episodios | Science SARU | Ciencia ficción, drama | 9 de julio 2020

Ya vi el tráiler y es ¡WOW!

Y por si las dudas dejo el de Netflix para que no haya temor de no poder verlo en el futuro…

Violet Evergarden the Movie (2020) - Filmaffinity

Violet Evergarden Movie

Película | Kyoto Animation | Recuentos de la vida, drama, fantasía | 18 de septiembre 2020

Es Violet Evergarden, ¿necesita otro motivo para estar aquí?

Yo también tengo la esperanza, Violet TnT

Fecha de estreno de la película Umibe no Étranger - El Palomitrón

Umibe no Étranger

Película | Studio Hibari | Recuentos de la vida, romance, shounen ai | 11 de septiembre 2020

Una película BL. Obviamente esta servidora estará apoyándola desde su asiento de espectadora.


Shika no Ou se estrenará en septiembre de 2020 - Ramen Para Dos

Shika no Ou

Película | Production I.G | Acción, aventura, fantasía | 18 de septiembre 2020

Una obra de la mano de Production I.G de acción, aventuras y fantasía a estrenarse dos días después de mi cumpleaños. Es un regalo.

¡NO HAY TRÁILER!
Probablemente la película se retrase, sean sólo rumores o nos quieran dar una sorpresa…


Con esto se acaban los tiers de esta temporada. ¿Qué les parece la clasificación? ¿Algún anime que deba considerar? Recuerden que mis prioridades se decantan a la universidad, así que este año tengo poco tiempo para los hobbies.