Capítulo 1 – Princesa del mar

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Desde que tenía uso de razón, una de las cosas que Valeria más odiaba era que le hablaran del corazón de una doncella. Este poseía varios significados, dependiendo de quien hablaba del asunto. Si era un médico, se refería al músculo, el que todos tenían y bombeaba aquel líquido vital sobre el que los eruditos no conseguían ponerse de acuerdo en la forma de llamarlo. Si era un consejero, entonces el corazón se refería a los sesos de la cabeza, los que se usaban para pensar y se creía que eran los responsables de los sentimientos. Sin embargo, los partidarios del centro del cuerpo no hacían mucho caso a estas teorías, y en su lugar ofrecían las propias.

—¿Cómo que los sentimientos están en la cabeza? ¡Tonterías! ¿Dónde sentimos cuando estamos felices, enamorados o enojados? ¡En el estómago! —decían, cuando la discusión ya le estaba dando la razón a los que argumentaban que en realidad la gente poseía una cabeza invisible dentro de la cabeza visible, que se podía expandir entre más conocimiento se le metiera, pero aquello estaba lleno de contradicciones—. ¡Es invisible, ¿pero tiene volumen y masa?! ¡Punta de idiotas! ¿Cómo va a caber una cabeza gigante en una normal?

Y por último estaban los más peligrosos: los que decían que existían dos clases de corazones. Los primeros pertenecían a los jefes: grandes, peligrosos y destinados a hacer cosas maravillosas en el mundo; se decía que Jack el Iluminador poseía uno de estos, y que esta era la razón por la que solían atribuir los corazones líderes a los hombres. Los otros, muchas veces menospreciados, eran los corazones de las doncellas: frágiles, bondadosos y los responsables tras bambalinas de que todo fuera correcto en el mundo.

A Valeria, por el simple hecho de nacer mujer, le dijeron que su única responsabilidad en la vida era poseer corazón de doncella. Tenía que crecer para ser hermosa, pero también para ser capaz de realizar todo aquello que se esperaba de una joven de su clase: cocinar la comida de su futuro esposo, criar niños capaces de sobrepasar a su padre y niñas mejores que ella, asumir la responsabilidad total de la casa y pertenecer a un solo hombre, puesto que era lo decoroso en una mujer. Todo esto era, por supuesto, algo que Valeria despreciaba desde el momento en el que vio a Dasia Viren.

Ella se alojó un solo día en el pueblo, debido a que era la prisionera importante de unos piratas de los que ya nadie recordaba el nombre. Dasia poseía autoridad, era delicada y hermosa, y parecía saberlo absolutamente todo. Se movía con una parsimonia que hacía parecer torpes a las prostitutas, que solían ser las de más bellos pasos.

Cuando le preguntaron cómo había averiguado tanto del mundo, si las mujeres sólo debían tener corazón de doncella, les dijo que había un país llamado Rhener y ahí, la cultura era más avanzada y aceptaba que las personas, sin importar el género, eran todas iguales.

—Esa creencia de los dos tipos de corazones es algo estúpido y anticuado. Ahora nuestro rey es hombre pero, ¡antes de gobernar era una mujer!

Los pueblerinos se escandalizaron, y de más está decir que prohibieron a los niños, y de manera especial a las niñas, acercarse a donde Dasia se estaba alojando. Solo pudieron verla subir a un pequeño bote, que después acarrearon a un enorme barco pirata. No obstante, la gente siguió hablando de Dasia, en el mercado, en la taberna y también en las reuniones, teniéndola por loca. Pero cuando los niños escucharon la historia completa, los chiquillos se sintieron amenazados y las chicas celebraron de contentas.

Al parecer, los dos tipos de corazones no eran una creencia universal, y más allá de aquél pueblo costero, las niñas podrían ser más felices y los niños probar una cucharada de su propia medicina.

Mientras tanto… Valeria debía lavarse el pelo y salir a dar buena cara a los clientes. Suspiró cuando el vozarrón de su padre la llamó desde la trastienda. Así que, inconforme, la muchacha solo tuvo tiempo de hacerse una coleta con el delgado cabello y colocarse un delantal encima de su desgastada ropa.

Bajó corriendo las escaleras, y cuando entró a la tienda, se dio cuenta de que la gente ya estaba haciendo tres filas afuera: una para los vegetales frescos, que cargaban Lör y Ernes cada mañana desde el huerto más cercano; otra para la carne, que se vendía día si y día no y siempre era diferente; y una más para el molino, ya fuera para hacer harina de su propia cosecha o para comprar.

Valeria inspiró, comprobó que sus hermanos estuvieran listos y abrió la puerta de la tienda para gritar—: Hoy hay calabaza, pimientos, sugos, naranjas, laksis, papas y zanahorias, ¡listos para la cena de esta noche, a solo doscientos rines la pieza! ¡Carne de vaca, fresca o salada, siete dinas la mano! ¡También descuento en la carne de ave que sobró! ¡Molino libre a quien compre cien dinas en vegetales!

Las filas se engrosaron cuando escucharon la oferta del molino. Los cuatro hermanos de Valeria, todos grandes, intimidantes y fuertes, se pasaron la mañana sacando de la trastienda cajas y cajas llenas de comida. Valeria, yendo de allá para acá, les recomendaba vegetales y formas de cocinar a las señoras, y a los sirvientes les decía que tal o cual cantidad de carne les serviría mejor. Incluso sonrió a cada uno de los clientes cuando les ayudó a moler sus granos de trigo y cebada.

Cuando estaba a punto de terminarse la jornada, el padre de Valeria tuvo la prudencia de apartar la comida de los próximos tres días para toda la familia, así que a mediodía la tienda había sido vaciada y Valeria ya estaba ayudando a su hermano mayor a contar el dinero reunido.

—¡Un poco más de veintitrés escudos! —exclamó Valeria, contenta.

—¿Lo comprobaste, Ernes? —preguntó el padre, extrañado. Casi siempre la ganancia era de tres mil dinas a la semana.

—Papá, Valeria sabe contar tan bien como yo. Nueve mil novecientas ochenta y ocho dinas. Veintitrés escudos y ciento veintiún dinas.

—Muy bien, repartan el dinero de la siguiente manera —dictó el padre; los cinco lo escucharon—: Tres escudos para el ahorro de cada uno, cuatro escudos para los ahorros familiares, cuatro para las provisiones de mañana y los tres restantes para que se compren ropa nueva y algo más, los cuatro. Valeria —la llamó. La cara de la muchacha se iluminó con la esperanza—, ¿por qué demonios sigues aquí? Se supone que debes estar en el monasterio aprendiendo a limpiar.

—Claro, padre. Lo olvidé por completo.

La chica se marchó, apesadumbrada. Creía que su padre al menos le concedería esas ciento veintiún dinas restantes, que eran casi nada para las ganancias del negocio, pero una cantidad exorbitante para las manos de Valeria. Jamás había tenido más de diez dinas para sí misma, y cada vez que su padre descubría que debajo de su colchón había una cifra peligrosa
(que siempre era por encima de diez), la obligaba a disculparse por ocultarle a la familia el dinero y la hacía dormir en el suelo hasta que se le pasaba el enojo.

No obstante, tenía un acuerdo tácito con sus hermanos. Ellos no eran tan estrictos como su padre, y sabían ver cuando él estaba siendo injusto. Pasadas las tres horas que se suponía que Valeria debía haber aprendido cómo limpiar la madera del suelo, regresó de la cala donde solía pasar la mayor parte del día, y llegó a la casa aparentando estar exhausta. Su padre nunca le preguntaba nada, así que todo iba bien en cuanto a su nivel de conocimientos hogareños.

—Hey, bonita —la llamó Lör, entrando a su habitación. El único privilegio que Valeria tenía en la casa era que poseía su propia habitación, a diferencia de sus hermanos y su padre, que dormían tres en una y dos en la última—. Mira, tuvimos que comprar cervezas para despistar, pero aún quedan cien dinas. Gástalas rápido, antes de que papá se de cuenta, y si pregunta algo, dile que acabas de cumplir años y tus amigas te dieron regalos, ¿de acuerdo?

—¡Gracias! —exclamó, abrazando a su hermano.

Le devolvió la sonrisa cuando atravesaba el alféizar de su ventana, y entonces se marchó dando saltitos por el camino del pueblo. Sus hermanos siempre hacían esa clase de cosas por ella, aunque tuvieran que ocultarlo de su padre. Aunque no convivía mucho con ellos, sabía que Paci estaba por casarse con su novia después de la época de frío largo, y que Ernes soñaba con volverse el jefe del pueblo. Sabía, también, que Lakza no pensaba moverse de la tienda, y que Lör era el único que quería salir del pueblo, considerando hasta la idea de volverse parte de los Eratz de las montañas.

El pueblo, ruidoso y variopinto, no dejaba de ser animado ni siquiera por las madrugadas. Aunque era inseguro para las mujeres que viajaban en solitario, los grupos se la pasaban realmente bien, pues las tabernas solían ofrecer espectáculos a las tantas de la noche, y los piratas solían limitarse a sus barcos y a las posadas cuando arribaban al puerto. El lugar siempre había sido seguro gracias a la protección de la Santa Sede, y era gracias a sus emisarios que los piratas nunca pisaban tierra más de lo estrictamente necesario y los bandidos no se mezclaban con ellos por mucho tiempo.

Valeria corrió feliz, comprando manzanas, tres cantimploras, jabones con olor a flores y frutas y un nuevo pantalón de lino. Siempre sonreía, pero sus sonrisas auténticas solían aflorar en su cara cuando estaba cerca de la bahía. Uno de los cuarteles de los gendarmes de mar estaba asentado en uno de los extremos, y Valeria solía acudir con prontitud en cuanto se terminaban las actividades de la tienda.

Era un sitio alegre, con hombres morenos entrenando de día y mujeres atendiendo el lugar. Los bisoños solían ir de aquí para allá, haciéndole recados a todo el mundo, y pobre del que fuese alcanzado por alguna anciana que necesitara brazos fuertes.

—¡Uy, que hay viene la Alazar! ¡Ya ponte una falda hija, enseña pierna! —le solían gritar los gendarmes más ociosos. Aunque eran respetuosos del espacio personal, no pasaba lo mismo con su comportamiento, y Valeria ya se había enojado infructuosamente en el pasado.

—Gwen y Rom andan dentro, quesque aprendiendo a pelear. De Rom me lo creo pero Gwen nada más se quiere escaquear de sus deberes, eso seguro —dijo uno, con acento costeño. Valeria rodó los ojos, pensando que nunca iban a aprender.

Continuó andando por entre los hombres sudados y desnudos, como si fuese una más. Incluso en ese momento, no podía saber si ellos no se le acercaban por propia moral o porque sus hermanos daban puñetazos que competían con la fuerza de cualquier policía.

De todos los que se llegaba a cruzar en los pasillos, Tyres Jada era por mucho el más intimidante. Valeria solía caminar con una desenvoltura y una seguridad impropias de una dama, tanto que la primera vez que se había acercado al cuartel, Jada la había tomado por la nuca y le había dicho que si tenía la suficiente hombría debería pertenecer a los gendarmes marinos.

—No importa que seas un enclenque, estoy seguro de que con uno o dos años de entrenamiento puedes llegar a ser bastante útil —le dijo, admirado del descaro con el que Valeria andaba—. Mira ese brillo en tus ojos, esa postura. Tus músculos tienen potencial, ¡puedes ser grande!

—¡Pare de hablar como fanático, por Volpi-zel! —le había reclamado ella, deshaciéndose de su agarre—. ¡No tengo potencial porque soy niña!

Desde entonces, cada vez que se lo encontraba, de camino a las cocinas o a cualquier lugar en el que estuvieran Gwen y Rom, él solía decir—: La niña sin potencial se manifiesta una vez más —siempre acompañado de una mirada afilada y la mano firmemente agarrada a la empuñadura de su florete.

En cuanto lo veía, Valeria perdía el control de sus extremidades y, si no moría haciendo el tonto, era solo porque los pasillos eran seguros. Esa vez, no obstante, procuró no caerse ni experimentar algún episodio vergonzoso frente al general. Llevaba una gran canasta llena de cosas, y lo último que quería era desparramarlo todo en el camino del hombre para que le dijera otro comentario hiriente.

A pesar de la hostilidad que se había ganado, Valeria se plantó firme frente a él, llevó la mano a la canasta y le ofreció una manzana. Los cuatro brigadieres que lo acompañaban ya estaban apuntando a la cabeza de la chica.

—Si tuviese intenciones de matarlo no lo haría tan obvio, señores —comentó en tono mordaz—. Esto es por reconocer que tengo potencial.

—Si tuvieras dos joyas colgando, Alazar, competirías con Allen por el puesto de mano derecha, estoy seguro —dijo Jada, aceptando la manzana. Le dio un gran mordisco.

—¿Disculpe? —dijo Valeria, quien se acarició los lóbulos de las orejas. Dos trozos de turmalina colgaban de ellos. Jada mostró una sonrisa ladeada.

—¿Debería reclutarte como abrillantadora de armas? Te la pasas aquí cuando no estás con tus hermanos vendiendo fruta.

—No, general. Jamás trabajaré para un hombre, y mi familia claramente no cuenta —ensanchó su sonrisa antes de marcharse, siguiendo su camino. Jada todavía le dijo:

—Que seas la única mujer ajena no quiere decir que puedas rechazar mis ofertas así.

Ella se encogió de hombros, indiferente. No le parecía correcto inclinarse ante un hombre desde que vio a Dasia Viren en todo su esplendor. Dasia era todo lo que Valeria quería ser: firme, independiente y bella, una fuerza atractiva a pesar de su mala fortuna como prisionera.

Llegó a la sala de armas tan rápido que por poco pasó por alto la puerta. Muchas personas formaban un corro dentro. Valeria se abrió preguntando porqué tanto alboroto, a lo que una muchacha de largo cabello negro la tomó por el brazo y la jaló a donde empezaba el centro del círculo. La muchacha era pequeña, de rostro exquisito y con una sonrisa que parecía burlarse de los sentimientos masculinos siempre que podía. Su nombre era Gwendolyn Evaenetos.

—¡Tienes que ver esto, Ria-ni! —exclamó la chica, dando saltitos.

En el centro dos personas se debatían con espadas battle de entrenamiento. Uno de ellos era un joven alto y fibroso, que atacaba y hacía retroceder a su oponente apenas sin proponérselo. El otro era un muchacho escuálido, de más o menos la misma altura, moreno y de cabello color borgoña. Lo que tanto sorprendía a los asistentes era que el segundo, el delgado, estuviese igualando la fuerza con la que peleaba el fibroso.

—¡Creí que estaban usando espadas feather! ¡Las battle son demasiado para un principiante, y Rom está igualando la experiencia de Allen en el primer maldito asalto!

—¡Ha de ser una combinación de feather y slim!

—¡Son battle puras! —aclaró Allen en una oportunidad, recuperando el aliento por muy poco tiempo. Gritos de sorpresa recorrieron a los presentes.

—¿Cuál es la diferencia? —preguntó Valeria, ignorante.

—Las espadas feather son para bebés, y las slim son una versión simple de las battle, espadas pesadas que solo pueden ser manejadas por principiantes lentos o expertos rápidos. ¡Mira esa batalla!

—¡Dale con todo, Romina! —gritó Gwen, extasiada.

Ella se desconcentró cuando escuchó su nombre. Trastabilló, cayó sobre su trasero y Allen consiguió asestarle un golpe en el brazo. La gente se quedó callada solo un momento, hasta que Gwen reaccionó y corrió hasta donde estaba su amiga.

—¡Estás sangrando otra vez, Rom! —expresó, preocupada. Rom la miró con desgana, dejando claro que tenía la culpa de aquella derrota.

—Dispérsense. Gwendolyn, sírveles la comida para que puedas marcharte.

—De inmediato, capitán. Las veré en un momento —se despidió la muchacha, yendo detrás de los animosos hombres.

Kaito Allen se sentó junto a la muchacha y sacó de su bolsillo un frasco de líquido vítreo y una gasa enrollada. Procedió a atender el brazo de la chica en silencio.

A diferencia de Gwen, que siempre andaba en falda y con zapatos que hacían tap-tap al andar, Rom y Valeria preferían un estilo más masculino. Ambas solían vestir con pantalones de lino y camisas de algodón, y siempre iban por ahí con sus sucias botas de trabajo. Por añadido, Valeria solía trenzar su cabello y cubrirse la cabeza con una pañoleta que tenía bordado en una esquina Turia-bel han Cala da germa. Valeria no sabía qué significaba, pero era bastante probable que “Turia-bel” era el nombre de una mujer, dado que el sufijo bel era para las mujeres respetadas.

—Sabes que a pesar de lo fuerte que puedas llegar a ser, Romina, sigues siendo una doncella —le dijo Kaito Allen.

Valeria miró en silencio a su amiga, limitándose a tomar dos manzanas para ofrecerlas a la muchacha y al capitán. Rom saboreó la fruta, sin apartar la mirada del esmerado trabajo del hombre. Al final, cuando se incorporó, Valeria pudo verla en su esplendor. Romina Taeryd era la más alta, la más fuerte y la más valiente de las tres. Una cicatriz recta le recorría la mejilla derecha, desde la boca hasta la sien, y su cara angulosa le daba un aspecto más masculino con ese cabello tan corto.

Cuando Rom se terminó la manzana, miró intensamente al capitán antes de decirle—: Si por doncella se refiere a virtuosa, hace mucho que fui obligada a dejar ese estado.

Así que a eso se refieren con el corazón de doncella, pensó Valeria. Ellos no quieren doncellas. Quieren vírgenes que les atiendan como a reyes.

Kaito Allen apretó los labios. Las palabras de Rom no eran algo que se tuviese que decir a la ligera—. No me refería a eso. Eres una mujer, deberías hacer las cosas que hacen las mujeres.

—¿Por qué me está diciendo esto después de entrenarme como a un hombre y derrotarme? Si me viera como una “mujer” me hubiese dejado ganar —le reclamó la chica, sin expresividad en la voz. Parecía disfrutar de su manzana, aunque solo estaba mirándola—. Pero si me dejara ganar, me sentiría realmente mal, porque no quiero ser tomada a la ligera.

—¡Capitán! El general solicita su presencia, hay actividad en la costa —anunció un pequeño bisoño. Los novatos solían distinguirse del resto porque eran delgados, de baja estatura y muy rubios. Personas como Kaito Allen solo podían ser musculosas y morenas.

—Me retiro ahora. Con su permiso, Rom, lady Alazar.

Allen se fue con paso marcial. Romina Taeryd siempre conseguía descolocarlo. Ya sea porque fuese mujer, o porque tenía actitudes masculinas, lo cierto es que jamás había conocido a una persona tan singular como ella. Ser el capitán de un pequeño destacamento de la guardia costera tenía sus peculiaridades.

—Y ahí va… —dijo Valeria en voz alta, mirando la puerta—. ¿Cuándo dejará de llamarme lady? Solo los fanáticos de Jack el Iluminador utilizan palabras de su idioma.

—Yo qué sé. Dicen que ciertas palabras de su idioma son más fáciles de pronunciar que algunas de nuestro idioma antiguo. Incluso algunos clanes Haven están empezando a usar palabras de ese idioma para autonombrarse.

—Ah, el mundo y sus cosas locas. A lo que venía: sabes que los peces colorados se venden muy bien en el mercado de la Regencia, ¿no? ¡Vi peces colorados hace unas horas en la cala! —gritó Valeria con emoción, ampliando su sonrisa cuando vio la alegre reacción de Rom—. Si atrapamos algunos, podríamos venderlos en el mercado y repartirnos el dinero. Podríamos comprar insumos y largarnos, ¿no es buena idea?

—¡Por eso te amo, Valeria Alazar! —gritó, y a continuación la abrazó con efusividad.

Las chicas ayudaron a Gwen a servir la comida de la tarde a los gendarmes. Después, cuando ya todos habían comido su respectiva ración y empezaban a levantarse de sus lugares, Gwen estuvo por fin libre de sus deberes. Fue entonces que sus amigas le dieron la noticia, y ella reaccionó con el mismo júbilo.

—¡Hay personas allá afuera! Incluso podría enamorarme de una chica extranjera. Tú no Rom, tú eres mi amiga —decía, declarando la razón por la que quería emprender el viaje con sus amigas. A diferencia de Valeria y de Rom, que vivían situaciones difíciles en casa, Gwen había contado con mejor suerte y venía de una buena familia.

Su madre se había casado con un pequeño lord de la comarca, quien estaba bajo las órdenes directas del barón que regentaba aquella zona, por lo que la fortuna le había sonreído. El matrimonio logró tener seis hijas mayores y dos varones, y en el curso actual, Gwendolyn era la quinta hija y la tercera en edad casamentera. Las dos hijas más grandes ya estaban casadas, ambas con grandes lords que pagaron la dote del casamiento en lugar de cobrarla, como estipulaba la Regencia del Archiduque Bello. Así pues, si Gwen lograba casarse con un varón de renombre, conseguiría una dote cuantiosa para su familia, que se había visto en la necesidad de comenzar a buscar maridos para sus hijas.

La situación no era muy buena desde que la Santa Sede decidiera movilizar a sus ejércitos. Llevar tropas a lugares conflictivos costaba grandes sumas de dinero, y el comercio en grandes rutas del mundo se había visto severamente afectado. Eso solo llevó a una cultura comercial esporádica, que en los últimos años afectaba sobre todo a los artículos de hogar y a la comida que no se podía conseguir de forma local.

Como nadie se interesaba por los pueblos costeños, las familias de las cercanías se habían visto en la necesidad de recurrir a todo tipo de trucos. Unos casaban a sus hijos por las dotes, aunque aún les faltara tiempo para madurar. Otros empezaron vendiendo sus pertenencias poco a poco; primero sus ropas más finas, después sus joyas, sus zapatos. Cuando la situación empeoró y dejaron de llegar granos importados, los lugareños tuvieron que hacerles espacio en los cultivos y eso terminó por descomponer la economía local, que se sostenía casi exclusivamente de granos de agua y comida del mar.

A la familia Alazar todavía le iba muy bien económicamente, tanto que aprovechaban su buena fortuna para vender a precios baratos y obtener ganancias por todo lo que conseguían. Sin embargo, Valeria sabía que las cosas no eran tan buenas. Su padre comenzaba a insistir más y más sobre clases hogareñas y el corazón de una doncella. Tarde o temprano le hablaría de matrimonio. Y a Valeria, con diecisiete años, le costaba imaginarse como la propiedad de un hombre.

Además de la mala situación económica, de las hambrunas que se avecinaban y del pensamiento anticuado de la comarca, Valeria y sus amigas tenían otra razón de peso para querer salir corriendo de ahí: los conflictos militares. Ellas, que se relacionaban cada día con gendarmes de baja categoría, lo sabían mejor que nadie. Que gendarmes de mar y guardias costeros estuviesen haciendo cada vez más incursiones tierra adentro para mantener a la gente conflictiva a raya, significaba que algo realmente malo estaba llegando. A lo mejor las personas se estaban cansando de no conseguir lo que necesitaban, de vivir día a día con la comida racionada, de comprar productos con el precio inflado cuando apenas tenían dinero al final del ciclo.

Así que, si era necesario, ellas irían hasta la cala del pueblo a conseguir peces colorados. La Regencia poseía mercados en todos lados, e incluso el pueblo de las chicas poseía su propio pequeño mercado, famoso por los artículos que los piratas dejaban a cambio de alojamiento, comida y ron. Sin embargo, el único mercado en el que se venderían peces colorados, tóxicos y muy peligrosos, era el mercado del submundo de la Regencia, en funcionamiento gracias al esfuerzo conjunto de delincuentes y miembros de la alta nobleza.

Valeria, Gwen y Rom sabían, como cualquier persona en la Regencia, que la inocencia de una mujer podría venderse a una cantidad exorbitante, mil o dos mil veces más que lo que les fueran a pagar por un pececito. Pero ellas no estaban dispuestas a venderse de aquella manera, teniendo en cuenta que la mayoría de las mujeres que lo intentaban terminaban bajo el dominio de proxenetas o directamente bajo tierra. El mercado de la Regencia era un mundo por el que se tenía que ir observando atentamente cada paso, cada movimiento, cada sonido. La gente normal siempre corría peligro cuando se acercaba lo suficiente.

Así pues, ellas fueron a la cala aquella tarde para probar suerte con los peces. Si les iba bien, podían conseguir un pez cada una, y la paga sería suficiente para comprar comida, embalaje y dos cambios de ropa nuevos, y aún tendrían dinero para salir de la comarca e ir hacia el sur. Pero no se dieron cuenta del barco que arribaba desde alta mar.


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