Capítulo 2 – Princesa del mar

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Rom se sentía especialmente a gusto cuando sus amigas y ella iban a la cala a bañarse. No era un lugar muy popular porque abundaba en insectos y animales venenosos, y por esa razón la cala parecía pertenecer casi por exclusivo a las tres muchachas.

Ellas iban y venían a su propio parecer. Valeria era una fan especial de asar la comida en una estufa que habían improvisado hacía años mientras se bañaban, ansiosas por comer y sin dinero para comprar en las tiendas del pueblo. Gwen coleccionaba las cosas extrañas que llegaban con la marea. A veces eran piedras o conchas de formas extrañas. Otras, botellas con mensajes y joyas. Hubo una ocasión en la que Gwen encontró un gran montón de pedacería de coral con la que hizo bisutería que después vendió; era hábil con las manos, a diferencia de Valeria que solo sabía pensar y de Rom que solo sabía pelear.

Sin embargo, en esta ocasión llegaron hasta la cala por un motivo diferente. Durante la tarde, cuando se suponía que debía estudiar con las monjas acerca de actividades hogareñas (que nunca se había tomado la molestia de aprender en serio), Valeria vio en la orilla, cerca de la zona rocosa, un montón de peces león. Estaban gorditos, eran de rayas rojizas y blancas y tenían bastantes filamentos salientes de su pequeño cuerpo. Debían estar casi en la adultez, porque medían por lo menos dos manos. Se suponía que no salían de día, así que Valeria había tenido una suerte bendita para verlos. Cada uno se vendía a un precio exorbitante en el mercado negro y, si todo salía bien, ellas podrían atrapar tres para venderlos y comenzar a decidir sobre su futuro a conciencia.

El enorme problema era el veneno de la criatura. Los costeños decían que, aunque no era mortal, sí era lo suficientemente doloroso como para desear no haberse acercado nunca. Además, ese pez tan extraño solo podía venderse en el lado oscuro de la ciudad porque nadie quería cuidar de algo que podía causar daño. En realidad existían muchos otros inconvenientes, como que no pudieran mantenerlos vivos hasta donde tenían que llevarlos, o que en el camino les robaran algo que les costó tanto atrapar. Claro, inconvenientes que no tendrían si no lograban atrapar a los peces.

De momento, se acomodaron alrededor de su pequeña estufa improvisada, viendo cómo las manzanas crujían sobre el fuego. Las frescas eran riquísimas, pero las manzanas asadas no tenían comparación. No podía haber algo más exquisito sobre la tierra. Las tres chicas miraban atentamente la danza del fuego, cerca de la sombra fresca que proyectaba un grupo de rocas. Aunque los peces no se veían desde la distancia y con el sol en lo alto, lo cierto es que estaban ahí, justo donde Valeria había hecho un montoncito de rocas para que no se perdiera la pequeña guarida.

—¿Podríamos usar una red? —propuso Rom, pero aquello pareció más bien una pregunta.

—No, están muy cerca de la orilla. Va a ser una pérdida de tiempo —replicó Valeria, rascándose la mejilla. Sus acciones demostraban lo concentrada que estaba—. Podríamos meterlos en cubetas de agua. Así los tomamos con agua y no tendríamos qué preocuparnos por si se mueren.

—¿Y cómo los metemos a las cubetas? —preguntó Gwen, curiosa—. Espera. Ni siquiera tenemos cubetas —dijo, riendo.

Valeria miró en derredor, pensativa. De ese lado de la ribera solo había grandes palmeras y frondosos manilkaras. Los cocos eran pequeños para los peces gordos, así que no servían para esa ocasión.

—¡Ya lo tengo! Haremos tres herramientas distintas. Gwen, fabrica una cuchara con hojas de plátano, de este tamaño más o menos —puso sus manos a un codo de distancia—, procura que el mango sea tan largo como para no tener que entrar al agua, que sea flexible pero que no se doble sin control.

—¡Bien! —exclamó la chica, yendo por lo necesario.

—Rom, haz tres bolsas con hojas de palma, resistentes, donde podamos meter a los peces en agua, pero que la gente no sospeche lo que llevamos dentro. Usaremos la red para atraerlos y ponerlos en la cuchara que hará Gwen. Y en caso de que se descontrolen, pienso hacernos una especie de protección. A lo mejor le pido ayuda a Jada.

—¿Te querrá ayudar si siempre rechazas trabajar para él? Y no le puedes decir que vamos a atrapar peces peligrosos para hacer tratos en el mercado negro.

—Con lo que vamos a ganar por cada pez dudo que se resista a ayudarme. El cuartel se cae a pedazos y la Regencia no les va a soltar un solo rin. Le conviene.

Rom tiró una carcajada. Aunque parecía tan sencilla y amigable, Valeria siempre iba un paso por delante de los demás.


Cuando el cielo se estaba pintando de rayas rojas y rosas, anunciando el ocaso, Gwen volvió con una cuchara un poco más alta que ella. Estaba hecha de hojas de plátano, tal como le había ordenado Valeria. Tan pronto como se acercó a la orilla del mar, probó la cuchara. Consiguió agarrar el agua de mar como si fuera una cuchara normal, y se sintió satisfecha. Llevó el utensilio al pequeño círculo donde estaba la estufa improvisada, sonriendo de oreja a oreja.

Con más dificultades, Rom estaba sentada entre dos fogatas, armando la tercera bolsa. Sudaba copiosamente, con el flequillo empapado. A pesar del cansancio, seguía trenzando a una velocidad que hipnotizaba. Antes de llegar al pequeño pueblo, Rom se ganaba el pan de cada día haciendo productos de palma y paja, como zapatos, sombreros y bolsas. Sus creaciones eran tan resistentes que duraban años mientras se las cuidara. Además, la chica tenía un secreto comercial, con el que le daba propiedad hidrófoba a la palma o la paja.

—¿Puedes ir a ver si Valeria ya viene? Le pedí cera para terminar esto de una vez.

—Claro. Cuida de la cuchara —pidió, acercándose al camino hacia el pueblo.

Valeria había ido a la costa para hacer negocios con Tyres Jada, y casi de inmediato le dijo que ellas podrían usar uniformes gruesos, fabricados especialmente contra el agua. Además, Kaito Allen se había ofrecido a atrapar un cuarto pez y acompañar a las chicas a venderlo todo. Era, definitivamente, una oferta contra la que no se podían resistir los del cuartel. No cuando la guerra civil estaba llegando poco a poco hasta los confines del reino. En realidad se había tardado porque no encontraba una buena cera para las bolsas. Con tan poquito dinero a la mano, se había visto obligada a pedirle prestado a Jada, lo cual no le hizo ninguna gracia al hombre.

—Mujer, tendrías menos dificultades si solo te casaras —comentó en voz alta, dejándole un escudo en la mano. Valeria abrió los ojos con sorpresa, a punto de protestar—. Si no consigues esos peces, siempre puedes venir y aceptarme de una vez.

—Gracias, general. Por el dinero, digo —y, antes de que el hombre cambiara de opinión, Valeria huyó con el escudo en la mano—. Cuando vendamos los peces le pagaré el doble —prometió.

Jada se rio, negando con la cabeza. Tal vez acababa de malgastar un escudo, pero las ocurrencias de esa chica siempre eran entretenidas.

Valeria llegó a la mejor droguería del pueblo cuando estaban a punto de cerrar. El dependiente se detuvo al principio porque vio la alta figura de Kaito Allen, y después a la pequeña de los Alazar corriendo hacia la puerta.

—¡A tiempo! —exclamó, recuperando el aliento. Apenas tuvo aire, pidió—: deme tres medidas de cera de abeja y nueve de aceite de ricino.

—De inmediato —expresó el viejo, contagiándose de la sonrisa de la chica. Ahora que los tiempos se volvían difíciles, lo único que la gente iba a comprarle era aceite del más barato para las lámparas. Ni siquiera la sal, la más barata de las especias, se estaba vendiendo.

El viejo fue a la trastienda, sacó una báscula mediana y extendió encima un retazo de tela de un metro de lado. acercó el barril donde tenía en conserva la cera de abeja y una cubeta que tomaba exactamente una medida del producto señalado. La llenó rápidamente, presionando la cera para que llenara por completo la cubeta. Cuando terminó, la puso sobre la báscula, vio que pesaba dos terceras partes de una medida completa. Entonces vació la cubeta en el retazo y la llenó cuatro veces más.

—El sobrante es un regalo. De todos modos no se está vendiendo —explicó, cerrando la tela con la cera de abeja.

Luego fue a los estantes, tomó tres botellas de madera de tres medidas cada una, más gruesas que lo que podían cubrir las manos de Valeria, y tan largas como la distancia entre la muñeca y el codo. Pesó cada una antes de comenzar a llenarlas de aceite, para que el producto vendido fuese exacto. Muchas veces las botellas eran más gruesas, o de diferentes grosores, por lo que el peso y la capacidad de cada una podía variar bastante. Luego las cerró con corchos que entraron a la medida y las aseguró con cera. Todavía volvió a la trastienda para ofrecerles una bolsa que podía cargar hasta quince medidas en la espalda, y les dijo que no tenía ningún problema en prestarla, siempre y cuando se la devolvieran para antes del amanecer.

Allen ya estaba cargando las cosas en la bolsa cuando Valeria recordó que ya no tenían queroseno para sus lámparas—. Deme tres medidas de queroseno también, necesitamos tanta luz como sea posible.

El viejo rio de contento. Solo en el aceite de ricino y la cera ya estaba ganando trescientas noventa dinas. Con el queroseno ya podía cobrar casi un escudo. Le ofreció a Valeria las veinticuatro dinas que sobraban dentro de una bolsita de terciopelo roja, dando a entender que la bendecía. Ella sonrió, aceptando el dinero.

De camino a la cala, Valeria pensó en darle la bolsita a Allen para que se la llevara al general. Pero después lo pensó mejor, y se quedó con la bolsita. A ella solo le quedaban dieciséis dinas de lo que sus hermanos le habían dado, y eso solo alcanzaba para pagarle a la carreta más desgastada del mundo y que la llevara hasta la mitad del camino. Con más dinas, era posible enviar a Rom junto a Kaito Allen para que hiciera los negocios y regresaran con dinero contante y sonante.

Había tres principales razones para que fuera Rom en lugar de Gwen o de Valeria. La primera era que solo Rom sabía andar hasta las tiendas negras y regresar intacta. Las otras dos no habían visto las piedras de entrada del pueblo en su vida, por lo que no sabían moverse fuera de las callecitas de su lugar natal. La segunda razón era que Rom era fuerte; ya tenía nociones de defensa, y bajo la tutela de Allen solo había terminado de refinar sus habilidades.

La tercera era que había una especie de acuerdo implícito entre las chicas. Las tres sabían que había una especie de conexión entre Allen y Rom. Fuese simple compañerismo, camaradería o algo más, las tres chicas estaban conscientes de que la única que podía pasar el tiempo con Allen era Rom. Era algo sobrentendido, tan natural como que Jada bromeara con Valeria cada dos por tres.

—Oye, capitán —Valeria llamó su atención. Iban por el silencioso camino a la cala, ya desierto a esas horas del atardecer. Él cargaba el aceite y el queroseno. Valeria llevaba el bulto de cera entre los brazos, como si cargara un bebé. Allen alzó una ceja, dando a entender que la escuchaba—. ¿De verdad piensas que Romina necesita ese estúpido corazón de doncella? Tiene corazón de líder.

—Me da miedo —admitió el hombre—. Ella es fuerte, decidida, valiente. No parece temerle a nada. Me da miedo que por su carácter viva de forma desdichada. No hay muchos hombres que aceptarían a una mujer tan independiente.

—¿Y tú eres de los que la aceptarían o la rechazarían? —cuestionó, ansiosa por la respuesta. Le encantaba ver a Rom y al capitán Allen juntos. Los días que cruzaban espadas, y también los días que practicaban cuerpo a cuerpo. Cuando Rom hacía mal alguna postura de ataque o defensa, Allen solía corregirla con tanta naturalidad, tocando su cuerpo como si no fuese algo extraño.

—Entra la cadera, gírala hacia adentro, ¡que la gires, Romina! —le había ordenado una vez, tomándola de las caderas para ponerla en la posición exacta que le estaba pidiendo. Valeria se había partido de risa cuando supo que Rom le pisó el pie al capitán y se fue de bruces contra él.

Él no respondió a la pregunta de Valeria.

En realidad, no tuvo tiempo de contestar.

Ambos escucharon un grito de terror, proveniente de la cala.

—¡GWEN! ¡GWENDOLYN! ¡SUELTA! —se escuchaban los sonoros gritos de Rom—. ¡VALERIAAA! ¡SON PIRATAS! ¡SE LLEVAN A GWEN! —gritó a todo pulmón cuando vio a dos individuos a la distancia, esperando que uno de ellos fuese su amiga. Con la noche cada vez más próxima, era imposible saberlo a esa distancia.

Valeria sintió un dolor en el pecho, angustiada. Dejó caer la cera al suelo y corrió tan rápido como se lo permitieron los pies. Allen le dio alcance después de resguardar las cosas a un lado del camino.

El hombre pensó que tenía una suerte tremenda, porque aun no se había cambiado el uniforme y el equipo de gendarme. Estaba de servicio hasta que fuera noche cerrada, aunque acompañara a Valeria a comprar lo que necesitase. Así pues, cargó una bengala roja a su pistola, la disparó al cielo cuando estuvo a veinte metros del agua y analizó la situación.

—¡Un gendarme! —gritó uno de los piratas en lengua extranjera. Eran siete, y vestían con las ropas de los piratas más solicitados: botas de piel curtida, bombachos, fajines de seda y camisas de algodón abiertas. Todos llevaban un sable pequeño desenfundado y pistolas en las caderas. Allen solo tenía un mandoble y un arcabuz. Y ahí había tres chicas por defender.

¡No les haré daño, solo denme a las chicas! ¡Están bajo mi protección! —les dijo en su idioma. Aunque ellas no entendían, vieron que los piratas se encendieron.

Gwen estaba a unos pasos del mar. Quince metros adentro, una barcaza con dos piratas esperaba a la chica.

¡El capitán ha ordenado el rapto! Estamos a mil codos del cuartel, esto es zona neutral. Tenemos derecho sobre ellas. Canes, toma también a esa —ordenó el que parecía comandar a los piratas, señalando a Valeria—. Es morena. Seguro que el capitán la vende bien.

—¡Alto! —gritó Allen, interponiéndose entre Valeria y el pirata que la quería sujetar.

Mientras pasaba esto, Gwen fue cargada en el hombro de uno y llevada hasta la barcaza. Lloraba, asustada.

¿Quién es su jefe? Exijo una audiencia. Soy el brigadier general de todo el destacamento sur de la gendarmería del reino, y estas tres muchachas ya son de otros hombres —mintió, soltando a Rom del pirata que la sostenía para llevarla a su espalda, junto a Valeria.

—Se están llevando a Gwen, capitán —dijo Rom, llorando por primera vez en mucho tiempo.

—Límpiate las lágrimas, ahora —le ordenó Allen con voz dura. Luego, en un susurro, les dijo—: Valeria, ve por Gwen, tendrás que pelear contra esos tres, entretenlos lo que haga falta. Romina, a la de tres me ayudas con estos.

A la mierda los corazones de doncella. Allen sería asesinado cual perro antes de que pudiese vencer a nueve piratas experimentados, y las tres chicas serían llevadas a bordo del barco, anclado a doscientos pies mar adentro. Estaba tan cerca que su bandera ondeante podía verse en la noche. Era una calavera con dos sables cruzados y tres grandes puntos rojos, paralelos a la asta.

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La cara de Allen pasó de la determinación a las náuseas.

—Es el barco del Corsario Sangriento —dijo, con voz temblorosa.

—Corsario sangriento —repitió uno de los piratas en su idioma—. Correcto. Venga con nosotros señor brigadier. Usted y sus protegidas deben conocer al capitán.

Luego alguien gritó y una bala atravesó el cuerpo de Allen. O fue al revés, o al mismo tiempo. Todo se nubló en la vista del hombre casi de inmediato. La bala debía estar envenenada.


Valeria y Rom fueron subidas a punta de espada a la barcaza. Una vez encima, las tres fueron amarradas de manos y piernas, y amordazadas. Entonces navegaron tranquilamente hasta el barco. Sabían que aquel gendarme que iba con ellas había lanzado una señal de emergencia, y que el resto del cuartel no tardaría en llegar. Todos tenían que estar a bordo del barco si no querían causar un conflicto mayor. A lo mejor valía la pena pelear por la pelinegra curvilínea, pero desde luego no por las otras dos que parecían más aguerridas.

¿Esta es o no es mujer? —preguntó el líder de la comitiva, desfajando a Rom para subirle la camisa. Echó una carcajada cuando le vio la ropa interior—. ¡Es mujer! Es fea la pobre.

—No sé qué dices pero no vas a salir ileso después de reírte de mí, pedazo de mierda —le dijo Rom. Lo tomó desprevenido cuando lo pateó en el pecho y cayó al agua salada, provocando las risotadas de sus compañeros. Uno de ellos tomó las piernas de Rom y se sentó sobre ellas, dejando caer todo su peso. Ella gritó de dolor.

Nada hasta el barco, Elm. Tu castigo por dejar que te venza una… ah bueno, parece hombre, pero es una doncella, ¿no?

—¿Será verdad lo que dijo el brigadier ese? Si están casadas, ya tuvieron su desfloramiento. Ni esta preciosidad le serviría al capitán —dijo uno, siguiendo la ruta. Elm no se quejó por el castigo. Solo esperaba no alertar a los animales marinos.

Pues si no le sirven a él, a mí sí —dijo otro, acariciando el pecho de Valeria.

—De todos los días, los estúpidos peces gordos tenían que aparecer hoy —dijo, asqueada. Jamás había sido tocada por un hombre, y estaba segura de que esa no era la forma. Lloraba casi tanto como sus amigas, por su suerte y por la del capitán. Uno de los piratas la abofeteó. Como no entendían su idioma, amordazada o no, no sabían si estaba planeando algo con sus amigas. Lo mejor era que se mantuvieran completamente calladas.

Y así, rodeadas por nueve aguerridos hombres de alta mar, las tres chicas hicieron su lenta procesión hacia el mundo exterior. No podían esperar nada bueno. Absolutamente nada bueno. En adelante todo sería tratar de sobrevivir a lo que fuera que viniese.


Naga ya media el doble que un hombre adulto cuando solo tenía diecisiete años. La gente huía de su imponencia, aumentada por las cicatrices y el largo cabello. Media vida después tenía el cabello más largo de la tripulación, y seguía siendo el más imponente físicamente.

Solía sentarse cerca de su capitán en una posición relajada, con una pierna flexionada sobre la otra y sosteniendo un cigarro entre los dientes y una cantimplora en la mano. Apenas vestía calzas, zapatos y una faja de cuero, de donde colgaba sus joyas, sus armas y su bebida. Una raya de vello liso le cubría desde el fornido pecho y se perdía en sus calzas, y un collar con un solo colmillo colgaba de su cuello. Era un colmillo de tiburón, tan grande como una de sus manazas, lacado con pintura roja y negra. Una espesa barba iba de oreja a oreja, y su largo e hirsuto cabello estaba recogido en una larga coleta. Cada mañana se peinaba con grasa de ballena para controlarlo.

En resumidas cuentas, Naga representaba la versión idílica de un hombre, a lo que todos sus camaradas aspiraban.

Esa noche de cielo despejado, las nubes se deslizaban suavemente y las estrellas cubrían la noche como un reguero de luz. El mar estaba en completa calma, por lo que el barco permanecía sin apenas oscilar. Una brisa fresca les acariciaba los asoleados miembros. Todos los tripulantes estaban en cubierta, usando apenas los calzoncillos. El sol había pegado realmente duro ese día y, como estaban cerca del hábitat de las bestias marinas, no era posible tirarse a nadar un rato. El agua también escaseaba en el barco, por lo que su única posibilidad de refrescarse era durante la noche, cuando el sol se ocultaba y comenzaba a soplar viento frío. Cuando la noche era cerrada y solo había estrellas por millares en el firmamento, la madera solía refrescar, por lo que era mucho más agradable dormir en cubierta y no en las bodegas, donde el calor permanecía encerrado.

Naga estaba sentado en el filo del carajo, mirando hacia el norte. La Estrella Mayor permanecía en el centro de su visión, y mientras estuviera en esa posición significaba que el barco no se estaba desviando.

Pensó en su desvaído capitán, que los últimos meses había actuado como un fantasma. Antes de que le acaecieran los infortunios, su capitán era risueño, temerario y estúpido. Cuando alguien anunciaba un barco enemigo o un inminente ataque, el capitán ya estaba con la espada en ristre, esperando el abordaje con ansias, como un niño deseoso de salir a jugar.

No obstante, ahora había enflacado y dos largas líneas de expresión marcaban duramente sus mejillas. Parecía haber envejecido diez años, y su frente estaba día sí y día también arrugada. Tenía una cara de dolor constante. Sus ojos nunca estaban serenos. Solía despertar a altas horas de la noche, empapado en sudor, gritando. Se había cortado la larga y hermosa cabellera cuando las desgracias lo golpearon, pero ahora, siete meses después, su cabello crecía de cualquier manera, sin el mínimo cuidado.

Era el único que no estaba en cubierta esa noche. De hecho, era el único que no salía del barco. Su tripulación seguía incursionando barcos, playas e islas, buscando tesoros y mujeres, pero ahora se habían acostumbrado a las órdenes de Naga. El capitán ya estaba enclaustrado en su camarote, muerto en vida, y nada había que lo hiciese recuperarse a menos que fuese un milagro sorprendente.

Cuando Naga vio una mancha en el horizonte, se sacó el catalejo de la faja y lo abrió para otear. Era un gran barco, tan grande como para verse a la distancia. Naga contó sus luces. Casi de inmediato sonrió con satisfacción. Llamó la atención con un chiflido, y los tripulantes rápidamente levantaron las cabezas para escucharle gritar—: ¡Dos luces rojas y dos blancas! ¡Vístanse, bastardos!

Los piratas celebraron de contentos. Dos luces rojas y dos blancas significaban que un buque de más de cincuenta metros estaba varado, sin movilidad alguna. Y en los buques siempre había cosas que valía la pena coger.

—Timonel, gire noventa grados y mueva el barco a no más de cuatro nudos. Bajen las banderas, traigan mi gabán. Vamos a infiltrarnos y desjarretarles el vientre a todos. Tú, Willie, anuncia al capitán nuestra expedición, no queremos que se sorprenda si en medio de la refriega Deor vuelve a incendiar algo.

—Aquello fue un accidente, vice —reconoció Deor, un hombre fornido que ya estaba preparando su pesado arcabuz. Los hombres a su alrededor rieron a carcajadas. En esa ocasión incluso el capitán se había desternillado de risa cuando vio el palo mayor iluminado cual antorcha en la noche.

—Esperemos que con el jaleo nuestro capitán se anime un poco —declaró Naga, sacando la ballestilla para medir la distancia a la que se encontraban del buque.

Esa noche tendrían un poco de diversión.


Cuando recuperó la conciencia, lo primero que escuchó fueron las aves de la mañana trinando en la ventana más cercana. Estaba envuelto en sábanas blancas, y sentía un dolor punzante en el pecho, donde le dieron con el arma. Una muchacha estaba sentada a un costado de la cama, leyendo atentamente un libro cosido.

—Romina —la llamó. La chica bajó el libro de inmediato para revelar su cara, una de facciones suaves, nariz roma y ojos almendrados. No había más parecido con Romina que el cabello ligeramente rojo, recogido en un moño alto.

Kaito Allen tuvo una punzada de dolor, y sabía que nada tenía que ver con la herida.

—¡Capitán Allen, es un milagro! —exclamó la joven, contenta—. ¡Espere un momento, el general está esperando a que despierte!

Ella corrió fuera de la habitación con toda la premura que le permitieron sus botitas de tacón alto. Tenía una feminidad que Allen solo había visto en Gwendolyn.

Unos instantes después, el general, cuatro brigadieres, dos sargentos, un médico e incluso uno de los muchachos Alazar. Como todos se parecían y Allen se sentía medio drogado, no lograba distinguir cuál de los cuatro era. La habitación se llenó en un santiamén.

—¡Por Volpi y los dioses que pueblan la tierra! —agradeció uno de los brigadieres, de piernas cortas y bigotes largos—. Ya empezábamos a llorar su muerte, capitán. Gracias al creador está vivo.

—Han pasado tres días y sus noches, Kaito —anunció el general Jada—. Sabemos que fuiste el último que vio a las tres señoritas que desaparecieron cuando lanzaste la bengala de emergencia. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Dónde está lady…? ¿Dónde están?

—En el barco del Corsario Sangriento —contestó con sinceridad, derrotado.

Tres días. Habían pasado tres días. A esas alturas podían estar en cualquier parte del mundo, o podían no estar en ninguna parte. Uno de los brigadieres se llevó una mano a la boca para no soltar una maldición. El chico Alazar se cubrió la cara con dolor.

—El único día… —dijo, antes de que su voz se quebrara. El único día que no le recordamos que tiene prohibido ir a la cala. Cuando se calmó lo humanamente posible, anunció con un hilo de voz—. Iré a decirle a lord Evaenetos lo que ha pasado.

—Espera —pidió Allen, intentando levantarse. Sintió el dolor de volver a abrir la herida. Apretó la mandíbula y los puños un momento, respirando para tomar fuerzas. Entonces vio que quien estaba en la habitación era Lör Alazar, el más joven de los cuatro hermanos Alazar. Aún así, era el que daba más miedo cuando se trataba de pelear a puños—. Gwendolyn puede ser la única que esté en desventaja en esta situación. Los piratas originarios de Sagania suelen despreciar a las personas blancas debido a la Pugna Aria.

—¿Quiere que le diga esa estupidez a lord Evaenetos para que llore más, capitán? —lo interrumpió Lör, con la cara encendida. Este inútil hombre postrado en la cama no había podido defenderse ni siquiera a una de las chicas. Lör casi estaba apostando en su interior a que Allen se había escondido y luego se había disparado a sí mismo para que no lo tildaran de cobarde—. Dígame algo alentador, al menos.

—Valeria y Romina no poseen corazones de doncella —dijo, como si tal cosa, provocando que Lör se enojara más. Allen continuó con rapidez—. Incluso usted, general, se dio cuenta desde la primera vez que las vio. Romina ya ha sobrevivido allá afuera por sí misma, y Valeria es una de las personas más inteligentes que he conocido jamás. Ambas pueden arreglárselas para cuidarse las espaldas y buscar la manera de que no le hagan un daño permanente a Gwendolyn, porque sus corazones son más parecidos a los de los líderes que a los de las doncellas. Estoy seguro de que ellas siguen vivas.

—¡Estás chiflado, Kaito Allen! —gritó Lör, furioso—. ¡Hemos trabajado toda la vida para sacarle esas idioteces de la cabeza a Valeria! ¡Ella no es ninguna líder, es una doncella, es una maldita MUJER!

—Cálmese, señor Alazar —ordenó Jada, tomando control sobre la situación. Lör dirigió su atención y su furia a él—. ¿Quiere que le diga algo? Ellas estaban planeando recolectar peces colorados para venderlos en el mercado negro y salir pitando del pueblo. Le aseguro que ninguna de las tres, y en especial lady Alazar, tenía la más mínima intención de quedarse en el pueblo y permitir que la manejaran al son de tradiciones y creencias arcaicas.

Después de esto, Jada no pudo soportar el ambiente tenso de la habitación. Salió con la cabeza en alto y la cara crispada en un rictus de furia contenida. Aunque los Alazar querían a su manera a Valeria, ahora Jada comprendía porqué la chica quería irse a cualquier lugar en donde no tuviese que aguantarles.


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