Capítulo 3 – Princesa del mar

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La gente empezó a tener curiosidad por lo que había pasado en la cala apenas amaneció. Los gendarmes se habían encerrado a cal y canto hasta que el capitán Allen despertara, y eso quién sabe cuándo ocurriría.

Emisarios distintos de lord Evaenetos visitaron el pueblo varias veces ese día. Primero fueron a los lugares en los que era más probable encontrar a Gwendolyn Evaenetos: en la gendarmería, en las habitaciones de la iglesia (la gente que vivía lejos del pueblo podía pasar una noche segura ahí) y, por supuesto, al atardecer llegaron a tocar la puerta de la familia Alazar. No pudieron dar una respuesta satisfactoria: ellos también estaban preocupados.

En el pequeño pueblo costero, los Alazar sobresalían casi tanto como los Evaenetos. La madre había muerto o desaparecido en extrañas circunstancias, casi al mismo tiempo que Valeria nacía. Esto era lo verdaderamente insólito en aquella familia: mientras que los cuatro hermanos mayores eran grandes, de espaldas anchas, piel color marrón y cabello negro; la muchachita era más bien de cuerpo ligero y ágil, piel trigueña y un cabello café que nada tenía que ver con las melenas cortas de sus hermanos y de su padre. De hecho, la madre también tenía el cabello negro, por lo que la gente no terminaba de entender porque la muchacha era la única que parecía extranjera.

Hubiese sido más creíble que dijeran que Valeria Alazar y Romina Taeryd eran hermanas.

A la mañana siguiente, cuando el pueblo era un hervidero de rumores, hubo aún más emisarios de lord Evaenetos preguntando por todas partes. Los pocos testigos del día anterior refirieron lo mismo: que Gwendolyn había ido a la cala junto a Valeria y a Romina desde que terminó su turno en la gendarmería, y en la noche se pudo escuchar el altercado. Cuando los gendarmes acudieron, solo estaba el capitán Allen en el suelo a un costado de la línea de la playa, desangrándose. Las chicas no se encontraban por ninguna parte, y había rastros de una pelea.

Un sin raíces comenzó a reír a mandíbula batiente dentro de un bar cuando escuchó las habladurías. Echó unas cuantas carcajadas hasta que todos en el local guardaron silencio, obcecados por su actitud, y dio un gran sorbo a su botella de hidromiel antes de decir en voz alta una sola palabra:

—Piratas.

Y una vez dicha la palabra clave, todo coincidió con lo descrito por los pocos testigos que estaban en la zona.

El pueblo no había sufrido un asalto pirata desde que la Regencia los mantenía ocupados. El príncipe coronado generalmente mandaba soldados desde la corte para interceptar los barcos piratas y ofrecerles inmunidad por atacar barcos enemigos a cambio de un pequeño porcentaje para las arcas públicas. Eso funcionaba con casi todos los barcos que fondeaban en las costas de la Regencia.

Sin embargo, la mayoría de los piratas no solían aceptar de buena gana un trato que beneficiaría a la sociedad que les menospreciaba y les temía a partes iguales. Ellos no estaban ahí para robar dinero y dárselo a la gente, era algo que no calzaba un ápice con su naturaleza. Ellos solían ir a los pueblos ricos y saquearlos, y cuando ya volvían a su barco, se tomaban unos minutos para escoger mujeres, niños y ancianos, y raptaban a todos los que pudiesen cargar en volandas.

Los raptos que más beneficios les daban eran los de mujeres jóvenes: las blancas para el comercio de esclavos, las morenas para hacerlas suyas. Así que, teniendo a dos chicas morenas y a una blanca en la playa, a tres pasos del inmenso mar, lo más probable era que los piratas no se lo pensaron dos veces.

La gente confirmó sus sospechas al tercer día. El capitán Allen despertó e informó de lo sucedido a los que estaban presentes en su habitación. Esta noticia llegó a oídos del portavoz del pueblo y de los emisarios de lord Evaenetos a la vez. Cuando el portavoz llegó a la plaza principal, había mucha gente en las calles. Borrachos que se tomaron la molestia de salir a plena luz del día, botella en mano. Mujeres y cocineros con sus delantales sucios aún sobre la ropa. Niños que iban con las compras para la cena cargadas en bolsas de paja. Incluso los sin raíces se dieron cita en la plaza; ellos estaban donde les interesaba estar.

—Querida gente del pueblo de Ulgo, soy portador de una triste noticia —comenzó el hombre. Era pequeño y parecía frágil, pero su voz podía escucharse aún sobre el bullicio de los festivales, como bien lo sabían sus vecinos—. Hace cuatro días la temible tripulación del Corsario Sangriento hizo una visita al pueblo de Lorron, nuestro vecino. Hace tres días llegaron a nuestra costa y fondearon cerca de la cala. Tienen un total de doce rehenes, mujeres, señoritas y niñas, entre las que, desafortunadamente, se encuentran las señoritas Alazar, Evaenetos y la sin raíces Taeryd. Los piratas del Corsario Sangriento hirieron a casi cincuenta hombres, esto en su asalto a Lorron, y dos de ellos ya han muerto en el transcurso de la mañana. El capitán Allen se encuentra convaleciente, y es quien nos ha informado del suceso en la cala. Dediquemos un minuto de silencio por las rehenes y por los dos hombres que murieron valientemente enfrentando a los terribles delincuentes de mar. Que encuentren descanso cuando Kaluvir los lleve hasta Volpi.

El pueblo se quedó en silencio el resto del día. Los negocios cerraron. Los borrachos dieron tregua a la bebida. Los sin raíces tomaron sus alforjas y se marcharon. En las grandes casas, y también en las pequeñas, las familias discutían frenéticamente, y las chicas eran ordenadas a empacar todo lo que pudiesen llevar con ellas.

—Te irás con tus tíos al sur —le dijeron a una.

—En el internado de la Regencia por lo menos podrás casarte —le dijeron a otra.

Y a otra—: Gastaremos el dinero necesario. Te vas a Arendorf. Tenemos conocidos entre los Haven que podrán adoptarte.

Con los piratas asechando las playas y los bandidos asaltando a los que viajaban a pie o de noche, todo alrededor de la Regencia se estaba poniendo realmente siniestro. Las señoritas tenían un futuro negro delante de ellas.

En la casa Alazar las cosas no eran distintas. Luego de que Lör fuera a visitar a lord Evaenetos, encontró a sus tres hermanos y a su padre sentados en la mesa de la cocina. A pesar de que la casa en la que vivían siempre había sido pequeña, en ese momento se sentía como un bloque gigantesco y vacío. Los hombres mantenían un silencio sepulcral, mirando a la mesa o a cualquier parte. Ernes tenía los ojos enrojecidos, aunque nadie sabía si se debía a la furia o a la tristeza.

Lör fue a sentarse a la última silla desocupada, y entonces se dio cuenta de que ya no sobraba ninguna. Siempre que comían, Valeria debía hacerlo parada, para pasarles tal o cual cosa. Era tan natural que, cuando se dieron cuenta de que no había espacio para una chica tan pequeña, todos se miraron.

—¿Por qué solo tenemos cinco sillas? —preguntó Ernes, como si fuera la primera vez que lo notara.

El silencio se hizo más denso. Nadie tenía respuesta a eso. Ver a Valeria comer en un rincón de la cocina era algo tan cotidiano que jamás se habían detenido a pensar en invitarla a sentarse.

—El mes que viene cumple diecisiete.

—Tyres Jada pidió su mano, y acepté —dijeron Lakza y el padre al mismo tiempo. Los hijos miraron a este último, estupefactos.

—Es solo un gendarme. Su mano derecha no pudo proteger a Valeria —argumentó Lör, aún molesto por su episodio con Allen. Aunque sabía, muy en el fondo, que Allen había arriesgado la vida, sentía que debía volcar su enojo en alguien.

—¿Eso es lo de menos, no creen? —Casi afirmó Paci, torciendo la boca—. Valeria no ha… —tragó saliva con fuerza, angustiado—. Ella no ha estado con un hombre jamás. A estas alturas…

Ernes contuvo un grito de rabia. Golpeó la mesa con la mano abierta. Dos lágrimas se deslizaron por su cara.

Minutos después, cuando todos parecían haberse resignado, el padre volvió a hablar. Les dijo—: Tenemos que recuperarla.

Y aunque hubiesen dicho que sí de inmediato, los hijos se miraron entre ellos con la pregunta dibujada en el rostro… ¿Cómo?

Debían recuperarla. No importaba el precio. Valeria no había llegado gratis al mundo. Su padre no dejaría que ella se desperdiciara perteneciéndole a los lobos de mar.

Cuando los hijos no podían estar más confundidos, el hombre dijo en voz alta—: Turia-bel han Cala da germa —y salió de la cocina, sofocado.

La frase bordada en el pañuelo de Valeria, pensaron. Expusieron sus pensamientos en voz alta:

—El sufijo -bel es para mujeres respetables —apuntó Paci.

—Y la palabra “han” significa “hijo del reino”: príncipe, princesa —aportó Lakza.

—¿Qué significa Cala da germa? ¿Qué idioma es?

—Turia suena como un nombre de Sagania, o tal vez… ¿Renania?

—La tierra de las cañadas, el Continente Salvaje —concluyó Lör. Él debía saber todo lo que se necesitaba saber sobre el mundo; después de todo quería viajar, ya fuese como monje, ya fuese como un sin raíces.

—¿La de los soldados que beben sangre en honor a su dios violento? ¿El ejército Hagalaz? —preguntó Ernes con reiteración, sin poderlo creer—. ¿Por qué llegaría a este lugar tan apartado el pañuelo de una princesa calahiana?

 —Sabían… —dijo Lakza. Sus hermanos se callaron. Lakza los miró uno por uno antes de preguntar—: ¿Sabían que nuestra madre desapareció el mismo día que Valeria llegó a la casa, verdad? Ese pañuelo ya estaba aquí cuando pasó aquello. Y una cosa más. El viejo Doz, el que vive en la casita al final del camino.

—Sí, ¿él qué?

—¿Es el médico que revisó a Valeria de pequeña, no? Siempre lo he escuchado murmurar acerca de cómo Valeria lo mordió. Lo mordió cuando tenía tres días de vida. Pero los recién nacidos no tienen dientes.

—Esto se está volviendo demasiado extraño —confesó Ernes.

Ahora no sabían qué era lo que debía preocuparles más.

—¿Saben qué? Me importa una mierda —dijo Lör, incorporándose. En su movimiento tiró la silla—. Me importa una mierda si tenía un día o un año de vida cuando el viejo Doz la revisó. Es mi hermana y eso no lo va a cambiar nadie.

—También es nuestra hermana —le avisó Ernes, severo.

—Entonces no se concentren en averiguar si de verdad es hija de nuestros padres. Empecemos a usar la cabeza para saber cómo traerla de regreso. Debe estar muerta de miedo…

Cuando Valeria despertó, no sabía en qué posición estaba, en dónde estaba o cómo estaba. Se sentía adolorida, sobre todo en el cuello y en los brazos. Un intenso olor a sudor rancio le golpeó las fosas nasales, y Valeria tosió con vehemencia. Abrió los ojos, solo para encontrar figuras oscuras y difusas.

—¿Gwen? ¿Rom? —llamó con voz quebrada, sin obtener respuesta. El piso se bamboleaba y pronto le dio dolor de cabeza el fragor de la madera al ser golpeada por las olas.

Valeria no sabía cuánto tiempo había pasado boca abajo, inconsciente, con las manos amarradas a la espalda. Debajo de ella sentía un áspero material; a lo mejor era un tapete viejo hecho de paja.

Su estómago protestó, y cuando Valeria sintió la bilis en la boca, no supo si se sentía mareada por la falta de comida o por el asqueroso olor. Aunque la costumbre era bañarse cada tercer día, ni siquiera sus hermanos olían tan mal cuando se les olvidaba asearse por trabajar duro cada jornada.

—¡Necesito salir! ¡Esto es horrendo! —gritó. Recordaba vagamente que alguien le dio un puñetazo en la boca del estómago cuando dijo en voz alta que el barco apestaba como a hocico de burro enfermo.

—Saber también el común idioma —le dijeron. Aunque esos hombres no entendían mucho, la expresión que Valeria utilizó era universal. Incluso las aldeas más remotas conocían el insulto del burro enfermo.

En realidad, el olor estaba por todos lados. Rodeaba al barco como una burbuja invisible, y le provocó un vómito severo a Rom nada más abordar. Sin duda, era la que parecía más nerviosa de las tres, y tenía razones para estarlo. Ella no habría huido de Bur, la capital, si no se hubiese visto obligada.

Pasos apresurados se acercaron a Valeria, mascullando en voz alta. Una luz la iluminó, y ella pudo ver dos pares de pies, polvorientos y llenos de callos. La chica soltó un gritito cuando uno de ellos la jaló arriba agarrándole un brazo. Le obligaron a caminar a trompicones por pasillos estrechos, sin importarles que ella no tuviese la fuerza para tenerse en pie. Cuando la soltaron, Valeria cayó pesadamente contra el suelo de la cubierta, tan cansada como para mantenerse erguida.

Tan pronto como la brisa salada le peinó los cabellos y se los apartó de la cara, Valeria supo que ella misma olía mal. Estaba bañada en sudor, tenía tierra y sal en la ropa e incluso la saliva le sabía horrenda.

—¡Valeria! —gritó la voz de Rom, angustiada. Valeria levantó la cabeza, y rompió en llanto cuando vio a Romina más allá, amarrada contra el palo mayor. Una decena de mujeres y niñas también estaban con ellas. Unas lloraban, otras se abrazaban entre ellas. Todas parecían estar en el mismo estado lamentable.

¡Cállate! ¡Calla a la otra perra! —gritó uno de los piratas, abofeteando dos veces a Valeria. Esta sintió la sangre en la boca. Otro pirata pateó a Rom en el abdomen. Todas escucharon el aire salir de su cuerpo.

—No abras la boca, obedécelos. No te pegarán —le dijo una de las señoras.

¿Qué dijo? ¿Qué dijo la puta?

—Deja de encenderte por cada cosa que dicen, imbécil. Les está diciendo que se comporten —dijo uno, imponiéndose. Los piratas casi parecieron cuadrarse ante su presencia.

Era alto, fornido y de una larga melena oscura. Vestía a la usanza de los nobles, y parecía tan fuera de lugar con su camisa de blanco inmaculado y sus botas de caña alta. Habló en el idioma común, y después dijo las mismas órdenes en el idioma de los piratas—: Las mujeres que ya hayan estado con hombres colóquense a mi derecha. Las interesantes a mi izquierda. Las alimentaremos luego de que sepamos qué vamos a hacer con cada una.

Las cuatro mujeres, que parecían rondar los treinta o los cuarenta años, se movieron con premura a la derecha del sujeto. Una de ellas sostenía a su pequeña niña en brazos, tan fuerte que la niña parecía querer llorar de dolor.

La niña va en el izquierdo, ¿no? —preguntó uno, arrebatándole la niña a la señora. Cuando la mujer forcejeó, asustada, el hombre de la melena larga sacó su arcabuz y disparó a la mujer entre las cejas. La niña berreó, manchada con la sangre de su madre.

El pirata arrojó a la niña contra Valeria, que los miraba a todos con la cara petrificada.

—¡Cállenla! —vociferó el hombre de pelo largo, sentándose en una silla. Las jovencitas se apuraron a rodear a la niña y abrazarla para que se tranquilizara, suplicando.

—Alguien quíteme esto. Alguien quíteme la cuerda para que pueda callarla —insistió Valeria, pendiente del arma en la mano del hombre. Todos miraban a las mujeres desde sus lugares. Parecían fastidiados por el bochorno y por el llanto de las rehenes.

Una niña se apuró a desatar a Valeria con manos temblorosas, derramando lágrimas. Valeria tuvo que hacer un esfuerzo descomunal para sentarse y atraer a la niña a su regazo. Le pesaban tanto los brazos que lo que menos deseaba era abrazar a una chiquilla en ese momento.

—¿Al menos podrían quitar el cadáver de su vista? —preguntó de muy malos modos. El hombre en la silla bufó e hizo un gesto vago. Uno de los piratas se acercó a la muerta, la agarró del brazo y la arrojó por la borda sin ceremonias ni tacto.

Una de las mujeres se llevó las manos a la boca, conmocionada.

—Heh, pajarito, ¿cómo te llamas? Dime Riani, así es como me dice mi mejor amiga —le dijo Valeria a la niña, con palabras dulces—. Esas balas duelen mucho, y si no te callas, los hombres malos pueden hacer que te duela mucho a ti también. Necesitas guardar silencio, ¿puedes hacerlo? Tu mamá está bien. Hablé con ella. Está bien. Ya no tendrán que hacer que le duela. Está bien.

Cuando la niña estaba tranquila, medio dormida en el regazo adolorido de Valeria, las niñas y las muchachas se amontonaron alrededor de ella como si fuese un fuerte. Incluso la sostuvieron cuando estaba a punto de caer contra el suelo, insolada.

—Ustedes tres serán repartidas como parte del botín —señaló el hombre a las tres mujeres que quedaban. Las rehenes lo miraron con sorpresa y miedo; tal vez pensaron que al hombre se le había olvidado porqué estaba ahí—. Aliméntenlas bien, Kibia, Geldlius. Son parte del botín. Si les tocan un solo pelo los arrojaré a los tiburones, pendejos de mierda.

Las chicas observaron cómo dos piratas se cargaron a los hombros a las tres mujeres y fueron con ellas, de seguro para dejarlas en la bodega con el resto del botín, como cualquier mercancía robada. Valeria apretó los dientes; aún tenía la vista nublada.

—Tú, la rubia, y tú, la gorda, serán vendidas en el Puerto de Barro —apuntó esta vez a una niña y a una chica de la edad de Valeria. Esta apretó con fuerza a la niña en sus brazos cuando se llevaron a la otra, a lo mejor a una celda.

La discriminación hacia los blancos era tal, que los piratas solían deshacerse de las chicas rubias arrojándolas al mar o vendiéndolas por lo que les dieran. Eran poco menos que escoria, y si para algo servían era para ser esclavas.

—Las tres niñas detrás de la valentona, y también la llorona en su regazo: las cuatro serán mozas. Cuando cumplan la mayoría de edad pueden irse si le dan su primera noche a uno de mis hombres. Sar, serán mozas las chiquillas. Llévalas a las cocinas y dales de comer; necesitan reponerse para que empiecen a trabajar. Tú, valentona, no te encariñes mucho con esa niñata. En cuanto despierte come y se pone a trabajar. Estoy siendo considerado —suspiró, como si le resultara difícil—. Ahora tenemos cuatro flores para el capitán, ¿cuál le gustará más?

—¡Valentona! ¡Valentona! —dijeron al unísono los piratas, y rieron y chocaron palmas cuando Valeria se dio cuenta de que hablaban de ella.

—¿Dónde está Gwen? —preguntó en voz alta. Los piratas se callaron.

—¿La de cuerpo bonito? En el camarote del capitán, por supuesto.

Aun cuando estaba en el suelo, Valeria sintió como si se derrumbara. A pesar de su piel blanca, nadie ignoraría a Gwen. Incluso los hermanos de Valeria solían mirar bastante a la muchacha. Era imposible no verla. Tenía atributos bien proporcionados, rasgos finos y mejillas sonrosadas. Entre las personas con ese horrendo color de piel, Gwen era hermosa. Por supuesto que le darían la más hermosa al capitán, incluso antes de repartirlas a todas.

Ahora que lo pienso, no creo que sea buena idea enviar a la valentona al camarote del capitán. Ha estado de mal humor estos días. Creo que no le gustó la blanca —razonó el hombre, y pensó por unos momentos, luego dijo—: Esas dos serán polvorillas. La valentona me la quedo yo —y lo repitió en el idioma de los piratas.

¿Qué hacemos con la que parece hombre? —preguntó Thadlius, el hermano del hombre que había ido a bodegas a dejar a las mujeres.

Quédatela tú hombre. Está feísima, ¡mírale la cara!, son tal para cual. O tírala al mar, como prefieras.

Thadlius rio a mandíbula batiente, pensando que tener a su propia chica no era una mala oferta, aunque fuese fea. Los demás tendrían que repartirse a las otras tres mujeres al azar, y esas ya estaban más montadas que un caballo. Las mejores eran las de caderas estrechas, Thadlius lo sabía muy bien.

Tendrá la cara horrenda pero mira esas bonitas posaderas —Thadlius se relamió, a gusto con la expresión de aturdimiento de Rom. Tenía la cabeza ladeada, y parecía a medio camino entre la inconsciencia y la vigilia. La patada debió dolerle bastante—. Ya no te pegar, juro —dijo en un pésimo idioma común, pasándose un sucio cuchillo por la mano para abrirse un tajo de piel. Derramó sangre, con todos como testigos, pero tenía una expresión risueña que nada tenía que ver con la solemnidad de un juramento—. Aunque unas buenas nalgadas si te doy, fea.

Los hombres rieron, divertidos.

Vice, parece que va a llover. Debería llevarse a su valentona, no vaya a ser que se enferme y no la disfrute.

El hombre en la silla esbozó una sonrisa burlona. ¿Quién iba a detenerse si la perra estaba enferma? El trasero no se resfriaba, y mejor entre más caliente estuviera.

—Ven —le ladró a Valeria, y la tomó por la nuca para obligarla a levantarse. Valeria gritó, derramando nuevas lágrimas. La niña se despertó, asustada por los bruscos movimientos y los gritos. Volvió a llorar. El mismo pirata la arrebató de manos de Valeria.

—¡Cállate, cállate para que no te maten, idiota! —le gritó Valeria con voz pastosa a la niña. El vice capitán la llevaba de la nuca, mientras la chica hacía esfuerzos descomunales para caminar—. Aguanta, Romina.

—Te quiero, Valeria. Te quiero tanto —le dijo Romina con un hilo de voz.

Lo último que Valeria vio de cubierta era que estaban desamarrando a Rom del palo mayor. Porqué ella era la única que estaba amarrada de esa manera era algo que tendría que averiguar luego, si lograba salir viva.

Valeria fue arrastrada por la manaza del hombre a través de pasillos oscuros. Aunque la chica quería poner atención para saber a dónde estaba siendo guiada, no tenía la cabeza muy despejada. Sentía hambre, y el cansancio hacía que su cuerpo protestara de dolor. Sus brazos colgaban inertes, exhaustos. Intentó tenerse en pie, pero el hombre la dejó golpearse contra la pared antes de volver a tomarla de la nuca, riéndose de ella.

El vicecapitán abrió una puerta de roble macizo y arrojó a la muchacha contra el suelo. No había más mobiliario que un estrecho camastro, una silla de madera y una mesita fija al suelo, cubierta de montones de rollos y pergaminos. Tres lámparas iluminaban el pañol, y tal vez era el lugar mejor iluminado en todo el interior del barco.

—¿Cuál es tu nombre, valentona? —le preguntó, desabrochándose el chaleco. Llevaba en el fajín dos arcabuces, un puñal con mango de pedrería fina y una hoz de afilada punta. El hombre se desabrochó los gemelos de la camisa y se retiró el collar que llevaba puesto. Echó un vistazo a la chica antes de desabrocharse la camisa—. ¿Cuántos años tienes?

—La mitad de los que tienes tú, estoy segura —dijo, jadeante y dolorida—. Y si quieres parecer un caballero, debes actuar como uno. Un caballero brinda su nombre antes de pedir el de otra persona.

—Oh, mi error —reconoció, divertido. Valeria no sabía si se estaba riendo de la actitud afrentosa que ella estaba mostrando o de sus propias omisiones al tratar de actuar como un caballero—. Mi nombre es Blistor Morodegor, el vice capitán de esta bola de piojosos.

—Al menos lo reconoce.

—¿Me dirás tu nombre, valentona? Convengamos en que puedo llamarte Valentona mientras te lo hago, pero seguro no te gustará que te llamen por un apodo mientras te meten el rabo.

Valeria no contestó nada. En su lugar, cuando Blistor la levantó del suelo y la arrojó al camastro, ella comenzó a gritar. A pesar de su lamentable estado, sintió que una energía que no era suya le recorría las venas cuando el hombre le golpeó la cara hinchada.

—¡Cállate! —le ordenó, en vano. Valeria gritó y pataleó sin ningún control, arañando la cara del hombre cuando lo tuvo cerca. Este la golpeó de nuevo en medio de la cara.

Valeria gritó más fuerte cuando sintió el dolor de la nariz rota.

En ese momento, una de las lámparas voló en mil pedazos.

Valeria y Blistor se detuvieron en seco, ofuscados.

Entonces, Blistor retrocedió con un jadeo, los ojos bien abiertos, y preguntó—: ¿Subimos a una bruja? —antes de que la segunda lámpara explotara. El lugar quedó medio oscuro.

—Yo no…

—¿Cómo explicas que tu cabello se haya vuelto rojo, pedazo de mierda?

Valeria se levantó a trompicones de la cama y trató de verse en el espejo de mano que estaba entre los pergaminos. Blistor no mentía: su cabello refulgía con el color del fuego. Fue el turno de Valeria de asustarse.

—Yo no soy una bruja —dijo con toda la convicción del mundo. Porque no lo era.

No lo era.

¿O sí?

Cuando su corazón volvió a agitarse por el miedo, la tercera lámpara explotó, dejándoles a oscuras.


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