Capítulo 4 – Princesa del mar

Capítulo 4. Ladrón que roba a ladrón…

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Blistor salió corriendo de su propio camarote. Por suerte, no había nadie alrededor. La puerta enmarcaba la insondable oscuridad del pañol de forma que la madera parecía mezclarse con las sombras. Dentro, solo brillaba con fuerza el cabello de la muchacha, como una fogata flotante.

—¿Qué está pasando? —preguntó ella, angustiada.

—¿Y me preguntas a mí, chica estúpida? —respondió Blistor.

La conmoción le provocó un ataque de ansiedad a Valeria. Su corazón latía con fuerza en el pecho, sintió frío y mucho miedo. Pronto le empezó a faltar el aire y, aunque todo era oscuro, pronto comenzó a ver figuras de colores. Perdió la conciencia.

Blistor vio como sus velas viejas se encendían gradualmente. Como se ilumina el cielo a medida que el sol va despuntando el alba, de la misma forma las velas del camarote se encendieron lentamente hasta estar todas prendidas. Valeria yacía en el suelo, inconsciente. Su cabello era normal de nuevo.

—Maldita niña —despotricó Blistor, decidiendo que Valeria debería permanecer atada e inconsciente hasta que supiese qué era lo que pasaba con ella.

Él solo había visto un evento similar una vez en su vida. En aquel entonces era pequeño y blanco como patata, y le encantaba escaquearse de las labores siempre que podía. Vivía cerca de un pueblo costeño, así que el Litoral de Recerdo le quedaba, a vuelo de pájaro, a una media hora. Era un día soleado, pero cuando se adentró a los bosques que colindaban con el mar, le pareció que el cielo se oscurecía con nubarrones negruzcos y que el viento comenzó a silbar entre los árboles, amenazante. En la profundidad del bosque, en un pequeño claro, Blistor vio a una mujer desnuda. Tenía el cuerpo cubierto de magulladuras, cortes y moretones, de la cabeza a los pies, y líneas negras semejando espinas estaban tatuadas en sus muñecas y en sus tobillos.

Dos hombres andaban cerca de la mujer, mirándola con lujuria. Uno de ellos dijo “es Gengris, por eso no se resiste” y el otro se sonrió, quitándose los bombachos. Antes de que pudiese hacerle algo a la mujer, ella gritó con tanta fuerza que Blistor, a veinte metros, sintió dolor en los oídos. Tanto los hombres como Blistor se quedaron congelados al ver cómo la mujer se transformaba. Su cabello, del color del barro, se volvió intensamente negro. Su piel se oscureció hasta ser tan negra como su pelo. La mujer se incorporó con rapidez, y los hombres pegaron un brinco y echaron a correr despavoridos. Cuando se giró, Blistor le vio los ojos, completamente negros, y cuando abrió la boca para volver a gritar, fuego líquido le escurrió de la boca. En los países del sur llamaban lava a aquel fuego.

La mujer se fue entre los árboles, sin acercarse a Blistor. Desde entonces, él estuvo tan obsesionado con aquel episodio que buscó y buscó información por todas partes. Fue así como salió a la mar y conoció a su capitán. Después de años trabajando para él, en una noche sin nubes ni estrellas, el capitán le dijo:

—Esas cosas de las que hablas juegan con los guardianes de este mundo, y es mejor que te mantengas alejado de ellos. Se los suele llamar ointurin agondes en el idioma antiguo: semillas oscuras en el idioma común.

—Pero escuché a los hombres llamarla Gengris… —había replicado aquella vez.

—Gengris es el nombre de la casta más baja de los calahianos. Son esclavos. Nacen, viven y mueren esclavos. Seguramente esa mujer hizo un pacto con algún guardián y ese era el motivo de que se volviese de color negro.

Blistor se dio por satisfecho en aquella ocasión. El capitán era una persona seria y poco acostumbrada a las bromas, la ironía o la burla, así que Blistor podía confiar en la información que su jefe le diera.

Ahora, con esta nueva experiencia, no sabía qué hacer al respecto. Nunca se había vuelto a encontrar con algo similar, así que simplemente había olvidado el asunto. Se habían enfrentado a enemigos rápidos y letales, a barcos que aparecían entre la niebla súbitamente, a gente que controlaba el clima bailando con frenesí, pero que raptara a una muchachita sin chiste de un pueblucho costero y le empezara a brillar el pelo de repente… jamás.

La ató de piernas, manos, la amordazó y le cubrió los ojos. Luego la ató en el catre, cerró el camarote con llave y fue derecho a las dependencias del capitán. Cualquier problema debería hablarlo con él.

De las mujeres y niñas secuestradas, las tres que encontraron en la costa de Ulgo eran las que más estaban causando problemas. Para empezar, la fea, a la que una cicatriz le cruzaba la mejilla, vomitó la cubierta nada más subir. Luego, mientras eran separadas, la misma fea alcanzó a empujar a uno de los hombres por la borda, golpear a dos y dejar inconsciente a uno de ellos. Como ya era noche cerrada, el hombre que cayó al agua no pudo ser rescatado, y los que quedaban se desquitaron golpeando a la valentona y a la fea, que eran las que se estaban poniendo más agresivas. La blanca bonita se resistió de la misma manera, llorosa, pero no estaba cerca de igualar el estrago que estaban causando sus amigas.

Al final tuvieron que amarrar a la fea al palo mayor, meter a la valentona en una de las bodegas y llevar a la blanca con el capitán cuando vieron que sus facciones eran hermosas. Dos horas después el capitán echó a la blanca de sus dependencias. Estaba catatónica y pálida. Desde entonces la mantenían en las despensas; como aún no salía de su impresión, la chica estaba todo el día sentada encima de un barril, sin mirar ni comer. Era un objeto más. A saber lo que el capitán le haría, pero si no se recomponía podría morir de inanición antes de que el mes terminara.

Para cuando tocó tres veces en la puerta del capitán, Blistor había recuperado la compostura. Un seco “Adelante” se escuchó desde el otro lado de la puerta. Blistor se asomó, reverente.

—Necesito hablar con usted, capitán —anunció. El capitán accedió haciéndole ademán de que se acercara. Blistor se entró y cerró la puerta con un gesto cuidadoso. Ordenó sus pensamientos, carraspeó, y luego dijo—: Probablemente nos hayamos equivocado al tomar a las tres niñas de la cala.

Al capitán se le oscureció la expresión.

—Tráeme a la blanca en condiciones. ¿Qué pasa con las otras dos?

—Una mató a uno de los nuestros y golpeó a dos, estuvo amarrada al palo mayor por tres jornadas enteras. Ahora está en el castillo, atada. La otra es aún más preocupante. Cuando quise tomarla las lámparas en el camarote explotaron. Su cabello brillaba con el color del fuego. Se desmayó y las velas que no he usado desde hace medio ciclo se encendieron sin ninguna llama que prendiera las mechas. ¿Podría ser una ointurin agondes?

—No. Los únicos ointurin que tienen reacciones tan manifiestas en el cuerpo se vuelven de color negro, blanco o del color de las berenjenas. Debe ser una eleri. ¿Dónde está?

—En mi pañol, atada. Disculpe, ¿qué es…?

—Tráemela.

—A la orden. ¿Desea comer?

—Ya es tarde. Tráeme una botella de Veres y la cena. No me molesten hasta que lleguemos al Puerto de Barro.

—Entendido.

Blistor salió sin más ceremonias de las dependencias de su jefe. Fue hasta la cocina, donde la blanca estaba sentada en el mismo lugar de siempre, sin haber probado bocado. Las cuatro niñas a las que había designado como mozas estaban junto a la catatónica, apiñadas. Seguían llorando y gimiendo.

—¡A trabajar, panda de estúpidas! —gritó, zarandeando a la que tenía más cerca. Esta comenzó a llorar más fuerte—. ¡Cállate! Ordenen el lugar, limpien bien, ayuden al cocinero con lo que necesite. Sin trabajo no hay comida. Volveré en media hora. A la que vea llorando le daré tres patadas y la echaré a los tiburones. ¡Tú, asquerosa blanca! ¡Eh, hey! —Blistor la jaló del cabello. Ella no reaccionó—. Tu amiga la fea se está muriendo —mintió—. ¿Cómo se llamaba? ¿Romina?

A la muchacha le brillaron los ojos en reconocimiento. Enfocó la mirada en Blistor y su cara se cubrió con el miedo.

—¿Romina? —repitió Gwen, con voz quebrada.

—Si quieres ir a verla tendrás que comer y trabajar como las demás. Vendré por ti dentro de media hora. ¡A trabajar! —Volvió a exclamar. Las niñas se estremecieron, asustadas.

Gwen se dio cuenta que estaba en las despensas junto a la cocina. Algo olía realmente mal en la olla que estaba al fuego, y ella pensó que el menjurje maloliente sería lo que los piratas comerían. En la cocina solo estaban las cuatro niñas y ella. Cuando se fijó por el ojo de buey, notó que aún era de día, probablemente durante el ocaso por los colores del cielo, y solo uno que otro pirata pasaba por ahí. El cocinero no estaba por ninguna parte. La muchacha se sintió relajada al no tener a ninguno de los delincuentes cerca.

—Muy bien —dijo, con voz rasposa. Carraspeó, se levantó y cayó pesada al suelo porque sus piernas débiles cedieron. Una de las niñas se apresuró a preguntarle si estaba bien, y la ayudó a sentarse en el suelo. Las cuatro niñas la rodearon—. Me llamo Gwendolyn Evaenetos, la quinta hija de la casa Evaenetos. Soy familia lejana del Archiduque Bello. ¿Y ustedes?

—¡Y-yo-yo también! —gritó una de las chiquillas, limpiándose la cara con la mano sucia—. Soy Ferenika Maegory, hija del vizconde de Lotam, y sobrina en tercer grado del Archiduque.

—Eres más cercana al Archiduque que yo —dijo Gwen en voz alta. Lo que realmente pensó es que ahí estaban ellas dos, de ascendencia noble, y aún no sabía si el resto de las rehenes tenían vínculos con la realeza—. ¿Y ustedes tres?

—Inieler Gerio. Me dicen Nie.

—Pykkon Hewood.

—Mi… mi mamá se murió.

—Fue culpa de un pirata, le disparó —le susurró Ferenika a Gwen al oído. La muchacha se quedó boquiabierta por un momento, luego reaccionó y atrajo a la niña para abrazarla.

—¿Cómo se llamaba tu mamá? —le preguntó.

—Jeye Manch, como mi abuelita. A mí me puso como la tercera princesa porque quería que yo también fuese una princesa y viviera sin preocupaciones.

—Así que, Arrya, ¿te parece si rezamos a Hylia Vanna para que guíe a tu mamá hasta los aposentos de descanso?

—Hylia Vanna-bel fue la esposa de Volpi, ¿verdad que sí? —preguntó Ferenika—. Arrya, tu mamá está en buenas manos. Hylia Vanna la va a llevar a un buen lugar. ¿Puedes decirle a Hylia Vanna que visite a mis papás? Se han de sentir muy solos porque mis tíos no los querían —Gwen sintió el corazón contrito al escuchar esto.

—Claro que sí, ¿ustedes también tienen peticiones? ¿Nie, Pykkon? —Ambas negaron.

Gwen, angustiada, se puso de rodillas y juntó las palmas de las manos, tocándose la frente con los pulgares. Arrya la imitó. En cambio, Nie y Pykkon, aunque se arrodillaron, bajaron la cabeza hasta tocar el suelo con la frente y permanecieron así mientras Gwen hablaba en voz alta—: A ti las flores y el manto del cielo, Hylia Vanna. A ti las bendiciones de Volpi. Que Jeye Manch encuentre reposo, llévala a donde las madres buenas van a parar, y que su sangre derramada proteja a Arrya Manch como un escudo contra la maldad. Que los padres de Ferenika estén descansando bien; ella pasó peligro, pero confiamos en que podremos salir de aquí. A ti la música del viento —luego, las cinco bajaron la cabeza al suelo y dijeron al unísono—: A ti los honores, reina de dioses.

Luego se levantaron y comenzaron a trabajar en la cocina con más ánimos que si lo hicieran en sus propios hogares. Ahora más que nunca debían demostrar que eran personas útiles y de confianza. De nada les servía llorar o patalear. Después de ver y saber lo que les esperaba si desobedecían a los piratas, era infinitamente mejor someterse y cerrar el pico, al menos mientras tuvieran tan poca importancia dentro del barco.

Gwen sabía mejor que nadie que lidiar con hombres no era fácil, sobre todo si eran huesos duros de roer. Policías y criminales eran dos caras de la misma moneda, y Gwen ya había tenido la oportunidad de trabajar tres años para los primeros. Con ellos había que ir con mucho cuidado. No alzar la voz, mucho menos opinar. Bajar la cabeza, sonreír. Ganarse la confianza. Y cuando ya pudiese moverse libremente y conociera los rincones del barco, pensar en una manera de largarse. No lograría su propósito si se ponía a llorar en un rincón.

Pasada la media hora acordada, Blistor no volvió a la cocina de inmediato. Uno de los tripulantes le informó de una mancha sobrevolando en el sur, que se iba acercando con los minutos. Dentro de quince o veinte minutos la tendrían a la vista, así que la tripulación debería prepararse en caso de que se presentara una amenaza. Blistor ordenó preparar los cañones, alistar las armas de fuego y las lanzas que hubiese en el barco, poner material reflectante en las partes altas del castillo y los palos y desplegarse en posición de ataque, todos mirando hacia el sur. No por nada los piratas del Corsario Sangriento eran temidos. Ellos no eran una panda de idiotas jugando en altamar con lo robado. Muchos eran desertores de los ejércitos más temidos del mundo, incluyendo al capitán. El entrenamiento marcial era parte de todos y cada uno de los tripulantes, aún con ataques sorpresa como el de Romina Taeryd.

Cuando pasaron unos quince minutos, Blistor comprobó de un vistazo las posiciones de los tripulantes antes de entrar a la cocina. Un nuevo olor asaltó sus fosas nasales, provocándole hambre. Era un olor a carne, verduras y especias, e incluso el humo ascendiendo desde la olla parecía agradable. La muchacha cortaba verduras y carne preparando tres guisos distintos, una de las niñas vigilaba una enorme vasija con pasta en tomate y caldo. Otras dos se movían por toda la cocina, limpiando, acomodando, lavando los trastes y pasándole a la muchacha lo que ella necesitaba. La última de las niñas estaba en un rincón, haciendo un inventario de todo lo que había en la cocina.

—¡Hay cuarenta y siete escudillas! Pero están muy sucias, ugh, ¡aquí hay gusanos! —se quejó, asqueada.

—¡Está aquí! —gritó Ferenika, abrazando a Gwen. Tanto Gwen como las otras tres niñas se quedaron clavadas en su lugar, mirando a la puerta.

—Somos diecisiete tripulantes, el capitán, tres esclavos y ustedes las rehenes, once sin contar a la mamá de esa —informó—. Las comidas se sirven a las ocho y a las ocho, el capitán recibe una comida extra a media tarde. Tú, blanca, trae una botella de Veres de la despensa menor y acompáñame.

—… Está bien. Sigan con lo que estaba haciendo. Ferenika, no dejes que el estofado se seque. Si ves que no está listo ponle agua, dos pizcas de sal y pimienta, ¿de acuerdo? Deja pasar diez minutos con el resto y apártalos del fuego. Ferenika está a cargo.

Gwen miró de soslayo al hombre antes de ir al fondo del lugar y abrir la única puerta que había. Dentro era pequeño y seco, la luz del sol se colaba débilmente y era más un almacén que una despensa. Había cajas grandes y medianas distribuidas en estanterías del suelo al techo y formando pilas. Era tan estrecho que, si las cajas no estuvieran etiquetadas, Gwen hubiese tenido que sacar y abrir cada una para saber en dónde estaba lo que buscaba. Vio una caja de madera más oscura al resto, etiquetada con la palabra “Veres” y levantó la tapa para ver dentro un cargamento de treinta o treinta y cinco botellas. Ni los gendarmes tenían tanto en su cuartel, ni siquiera el padre de Gwen, poseedor de una pequeña fortuna. Después de todo, el Veres era un licor puro al que solo los nobles y los afortunados tenían acceso. En su estado puro, media botella podía matar a un hombre adulto sano.

—¡¿Qué esperas?! —gritoneó el hombre desde la entrada.

Gwen inspiró para calmarse y que se le pasara el susto de escucharlo gritar. Él tenía un vozarrón que amedrentaba de inmediato. La muchacha tomó una botella, tapó de nuevo la caja y salió de la pequeña despensa sorteando cajas.

—Eres una lenta… —un sonoro graznido lo interrumpió.

—¡Es un puto ruc! ¡ES UN AVE RUC! ¡TAMBIÉN UN QUEBRANTAHUESOS! —empezó un griterío afuera. De pronto, se escuchó un golpe, un grito que se alejaba y luego se acercaba. El grito se cortó de tajo con un sonido parecido al astillamiento—. ¡LO MATÓ, LO MATÓ!

Nie y Arrya empezaron a llorar de nuevo.

—Tú, blanca, hay una escotilla a la bodega debajo de las cajas. Bajen y quédense ahí. Apaga el fuego antes de bajar.

—Pero el Veres…

Blistor le arrebató la botella, reventó el cuello de vidrio y se echó una porción considerable en la boca, tragándola. Gwen se llevó a las niñas al fondo mientras miraba, impactada, cómo el hombre consumía el licor sin suavizarlo.

 —¡Dámela! ¡Dame! ¡No voy a dejar que mate a mis amigas! —escuchó Gwen que Rom gritaba afuera.

—¡¿ROM?! —gritó Gwen, abandonando a las niñas para correr hasta la entrada de la cocina. El hombre la detuvo con un abrazo de hierro antes de que Gwen pudiese salir por completo de la cocina.

En cubierta había un caos tremendo. Un hombre yacía a dos metros, estrellado contra el suelo. Literalmente se había reventado, y su sangre se extendía como una mancha violenta. Otros estaban batallando contra dos aves gigantescas. Gwen se quedó de piedra cuando las vio.

Una de las aves era de color rojizo, con poderosas patas cubiertas de plumas y alas de una envergadura de metro y medio, color café. Era más grande que las niñas a bordo. La otra era diez veces más alta que un hombre. Sus alas cubrían el largo del barco y cada vez que las agitaba lanzaba una ráfaga tremenda de aire. Volvió a graznar, provocando nuevos gritos.

—¡El huevo de roc! —exigió alguien. Los piratas se detuvieron un momento y se miraron entre ellos, desconcertados. Luego levantaron la vista cuando volvieron a escuchar la misteriosa voz—: ¡El huevo de roc, ahora!

Rom y Gwen se miraron a los ojos. Rom miró a su derecha rápidamente. Gwen miró de soslayo, viendo los botes, dos de ellos dispuestos para caer al mar simplemente soltando las amarras. Gwen y Rom volvieron a mirarse. Gwen estaba apresada por el brazo del hombre. A Rom nadie le estaba haciendo caso. Gwen sonrió por un segundo, luego puso cara seria. Todos los hombres estaban mirando al cielo, esperando ver a una persona flotando. Sería menos raro que asumir que el quebrantahuesos les estaba hablando.

—¡Clemencia, dioses! —intercedió uno de los piratas, hablando el idioma común. Era más alto que la mayoría, tan dorado como los árboles durante el frío y aunque apenas vestía la ropa suficiente, muchas correas terminadas en dagas colgaban desde su cuello. El hombre no tenía pelo ni barba—. ¡Denos dos minutos de tregua, quebrantahuesos! ¡Vicecapitán! ¡El ruc está aquí por su huevo! ¡Si no se lo damos hundirá el barco!

—¡Traigan el huevo! ¡Regrésenlo! —Ordenó Blistor, contrariado.

Habían perdido a dos de sus mejores hombres cuando fueron hasta la guarida de las aves ruc. Sus huevos y plumas solían dejar una cuantiosa fortuna a quien los vendiera en las tiendas negras. El mes pasado consiguieron dar con la guarida y robar dos huevos además de el peso de dos hombres adultos en plumas. Ya habían conseguido vender uno de los huevos y casi todas las plumas, y solo les faltaba llegar hasta Puerto de Barro para subastar el otro huevo. Si se habían tardado tanto en llegar era porque debían reponer provisiones y entonces vieron que la costa de Lorron estaba desprotegida, así que era la oportunidad perfecta para atacar. No sabían que menos de una semana después el ave ruc iría en busca de sus huevos. Seguro que a los compradores del primer huevo ya se los había comido.

Cinco piratas transportaban de regreso el huevo de roc. Era del tamaño de una puerta, de color amarillento con manchas rojas. El ave ruc graznó de nuevo, esta vez más alto.

—¡Más les vale no haber dañado al ruc que yace en el huevo! —exclamó el quebrantahuesos. Abrazó con sus largas patas al huevo, tirando a los hombres de sentón, y alzó el vuelo de inmediato.

El ave ruc alzó el vuelo también, planeando encima del barco.

¡Vice! —gritó uno.

—¡¿Qué?! ¡AHORA QUÉ!

¡La fea está escapando!

Blistor soltó a Gwen para acercarse a la borda. En efecto, Romina iba encima de un bote, remando lo más rápido que podía. Ya se había alejado cuarenta, cuarenta y un, cuarenta y dos yardas del barco.

—¡Preparen cañones! ¡Disparen en cuanto estén listos!

—¡CAÑÓN! —anunció alguien. Pronto empezaron a disparar balas de cañón para hundir el bote de Rom.

Una de las balas impactó el bote.

Rom gritó, nadie supo si por el dolor o la sorpresa.

El quebrantahuesos descendió en picada, sin el huevo.

Atrapó a Rom en sus garras y remontó el vuelo, escondiéndose en el plumaje del ruc.

—¡ROMINAAA! —La llamó Gwen todo lo alto que pudo, y la voz se le desgarró. Lloró de nuevo cuando vio que un chorro de sangre le brotaba a Romina del estómago, y ella estaba fláccida entre las garras del ave.

Tal vez nunca volverían a verla.|

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