¿Qué es la depresión?

Me quita el sueño pensar en esto. En lo que soy, en lo que siento. ¿Estoy deprimida o solo es una etapa? ¿Estoy triste, deseosa, estresada? ¿Cómo me siento? Porque… no sé qué es lo que siento, en realidad. 

Me angustio, y muchas veces creo que es solo algo que pasa en mi mente. Que es solo algo en mi mente. Pues… precisamente eso es la depresión, ¿no? Todo empieza en la mente y se manifiesta en el cuerpo. Empieza en un lugar propio que ni siquiera la misma persona puede ver o percibir, y alcanza niveles físicos y aterradores. 

Un día puedes estar contento, triunfante y con la más feliz de las sonrisas pintada en la cara. Eso no quita que eres humano, que puedes fracasar y venirte abajo en un abrir y cerrar de ojos. No quita que puedas caer en depresión. 

Y… mira, no es tan malo. Por la noche tienes poco sueño. Te cuesta dormir. Es más, después de sentirte como la mierda toda la noche por no aprovechar el tiempo y ponerte a ver malas películas en Netflix, 
creo que si te vas a dormir a eso de las cuatro o cinco de la mañana puedes tener sueños lúcidos acerca de tu fracaso en la realidad. Incluso puedes ir más allá, y tener, como yo, ataques de ansiedad y parálisis del sueño casi cada noche. Pero, ¡oye! Ya tienes vista la mitad de la cartelera de películas populares en Netflix, ¿qué bien, no?

De la mañana me cuesta trabajo hablarte. A veces tengo fuerza suficiente para pararme de la cama e ir a la universidad. Me arreglo lo mejor que puedo, tomo los útiles que estén a la mano y me marcho, esperando que el tren se descomponga a medio camino y pueda regresar a casa a dormir un poco ahora que es de día. De día los terrores nocturnos no son tan malos. 

Cuando llego a la universidad odio un poco más la vida. Hay personas felices, exitosas, sin ninguna pizca de consideración a mí, que me rio a carcajadas de cosas que no me hacen gracia. Hablan y hablan entre ellos acerca de las materias, los talleres, las tareas, las salidas, las familias, las relaciones, los chismes, los famosos, las canciones, los libros, los eventos, más y más y más y más cosas por las que no tengo interés en absoluto. Mientras hablan y las clases pasan y me voy quedando atrás con mi sentimiento de culpa, en el fondo extraño de forma casi vomitiva estar en mi cama, bien tapada de pies a cabeza. 

Los fines de semana son un poco mejores. Puedo dormir hasta bien entrada la mañana, seguir acostada por horas navegando en la red sin hacer nada en absoluto y volver a dormir. Aunque por fuera parezca que no hay preocupaciones, mi mente ya se ha descarrilado varias veces por la indigesta velocidad. Tengo que hacer las tareas, leer los libros, buscar más fuentes de información, leer más libros, escribir algunos artículos para el blog, que lo tengo abandonado desde hace meses, escribir mis historias, que tengo diez años escribiendo y nada más no avanzo, escribir, leer, hacer tareas, limpiar mi cuarto, escribir, asearme, leer, limpiar la cocina porque soy la única que no hace nada en casa, que no aporta, que no ayuda, que no trabaja, porque soy una inútil, porque no sirvo para nada, escribir, leer, hacer tareas, limpiar… Y al final del día, dada la medianoche, me doy cuenta que no hice nada de lo que quería hacer. No. Hice. Nada.

Cuando se llega el día anterior a la entrega de la tarea me acuerdo de ella. Me prometí al inicio del semestre que ahora sí iba a hacer las tareas en cuanto me las encargaran y no justo un día antes, y llega otro semestre en el que no puedo cumplir mi promesa. Hago la tarea, como mejor me sienta haciéndola, mediando pausas para que mi cabeza no duela tanto. Me siento como una fracasada, intentando sacar adelante la maldita materia. Ojalá me muriera en este momento, para que me lloren en mi puto funeral en lugar de estar esforzándome así. 

Empiezo a pensar, casi con fruición, en cómo sería si me muriera en este momento. A lo mejor puedo provocarme una embolia (mi tío murió así por el estrés acumulado, siempre recuerdo). O incluso podría ir al baño y encerrarme con un montón de pastillas y tomármelas todas, esta es para la gripa y esta para el dolor de cabeza, ¡y mira esta otra! Es Clonazepam. Lo mejor es que el baño lo puedo cerrar por dentro y nadie puede abrirlo por fuera, ¡la tumba perfecta! Pienso, y pienso, y pienso. Para mí es como una venganza casi divina contra las lenguas ácidas de la familia. Para mí es como un sueño platónico.

¿Qué esperas para hacerlo? Me pregunto siempre. 

Espero a tener ganas. A tener ánimos, energía, ALGO que me ayude a levantarme de la cama y volver a incorporarme a los trasiegos de la vida. No tengo nada, ni una casa, un carro, un hijo, ni un triste perro que dependa de mí. No tengo nada y en mis motivaciones para levantarme no figuran mis sueños, porque son cosas etéreas e inalcanzables. Los sueños no existen, ni existirán. Para que existan deben materializarse en metas, estas en objetivos, y estos en tareas diarias. Y la única jodida manera de hacer esto, de cumplir todo esto es levantarme ahora y empezar a hacerlo, aunque sea poco a poco. 

Cuando ya me he motivado lo suficiente da la noche, y no hay mucho que pueda hacer. A lo mejor puedo escribir, leer o hacer tareas, pero entonces me tendré que desvelar. Y si duermo, a la mañana siguiente despertaré con una tremenda desgana que no querré pararme de la cama. Y si no duermo, me sentiré como un fracasada si no aguanto toda la noche en vela. A la mañana siguiente estoy en la cama, haciendo ejercicios mentales de motivación, diciéndome a mí misma que puedo, que siempre se puede, que soy mejor que esto, que lo lograré, y para cuando recuerdo, ya soy vacaciones y el semestre ha terminado. No conseguí trabajo, no me esforcé en mis tareas, no leí, no escribí, no publiqué, no avancé. Me estanqué. 

Estoy atascada y no me puedo mover. Y es horrible, porque quiero, QUIERO, pero no quiero moverme. No quiero levantarme, salir y ver el mundo. Quiero levantarme, salir y ver el mundo. Quiero, QUIERO, pero tan pronto como quiero hacerlo mi mente fatalista empieza a disponer todo para mí.

¿Para qué te paras?, me pregunta. Eres un fracaso, un caso perdido. Llevas diez años diciendo que quieres publicar un libro decente y ni siquiera puedes escribir. Vas tres o cuatro semestres por detrás de tus ex compañeros, y nadie se acuerda de ti. Eres un triste intento de estudiante. Nadie te quiere, porque los alejas a todos siempre. ¿Quién quieres que esté contigo en este momento, si lo único que deseas es estar sola o joder a los demás con comentarios incisivos? Quédate sola, llora, no te levantes, no sirves, no triunfarás, jamás podrás ser escritora profesional. Confórmate con quedarte en casa con tu madre, ve y busca un trabajo pagado cuando termines la licenciatura, y deja de soñar a lo grande que no te queda. ¿A ti, que ni siquiera puedes hacer una cosa bien…?

Y el ciclo se repite, y se repite, y se repite. Y me pregunto si es depresión o no, y me pregunto si yo debería estar deprimida. Tengo una familia que me apoya económicamente, un techo y comida, y no me va tan mal en la universidad. Soy buena, aunque no tan increíble como cuando me creía que lo que mejor se me daba era estudiar. ¿Se puede estar deprimido aunque la vida vaya por buen camino? ¿Es solo una tristeza pasajera? ¿Los bajos estados de ánimo pueden durar meses? ¿ES, MALDITA SEA, UNA DEPRESIÓN LO QUE TENGO?

Lo sea o no lo sea, tal vez necesite ayuda. ¿Dónde buscar, dónde encontrar? ¿Cómo hacerlo, si no hay absolutamente nadie en quien confiar mi frágil integridad? 

Me siento en un limbo del que sé que puedo salir sola, pero no puedo, o no quiero hacerlo. Ya no lo sé. Así es como vivo. Así es como viví los últimos meses, pensando en que soy una pérdida de tiempo, espacio y aire. 

Lo peor de la vida es que sabes que no puedes contar con nadie. Nadie en su plena capacidad está listo para lidiar con una persona melancólica que solo desea estar quieta y no hacer nada en absoluto. Nadie desea ser un cuidador 24/7 de alguien que puede empeorar en cualquier momento. Y es precisamente por esta poca disposición de la gente que la depresión puede empeorar. Nadie desea reconocer que la depresión está afectando a alguien allegado, porque eso implica tener que hacer cambios fundamentales en la forma de vida de todos alrededor, no solamente de la persona deprimida. De nada sirve llevar a terapias y darle antidepresivos a alguien enfermo si en casa siguen diciéndole cosas hirientes, como que es solo una excusa para no trabajar, o que solo finge tener los síntomas para que le presten atención. 

Mi estado de ánimo es tal como lo acabo de describir. En estos momentos sé que solo puedo depender de mí misma para salir adelante, porque no hay madre, padre o hermano que esté dispuesto a reconocer que lo mío no es un pasatiempo ocioso. Aunque no sepa qué hacer ni cómo me siento porque todo es una mezcolanza horrible, al menos puedo reconocer que algo está pasando, y espero que no sea grave. 

Y solo quería escribirlo, sacarlo de mí. Llevo meses pensando en todo esto, sin poder hacer nada por remediarlo aunque a veces esté a uno o dos pasos de lograrlo. Es sumamente sencillo decir “ve al psicólogo y ya está, ¿cuál es la dificultad?”. Pues es que la dificultad está ahí, en no poder actuar, decidir o moverse. La dificultad está en ponerse a llorar pensando en el fracaso en lugar de darte una buena ducha y salir a enfrentar el mundo. Es pavoroso, y se vuelve cada vez más difícil. Imposible.

Llegará un momento en el que ni siquiera escribir sirva. O no. 

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